jueves, 22 de marzo de 2012

Capítulo 31

Presente, Estados Unidos.

Entonces soltó mis manos y las llevó a mi cintura, un escalofrío recorrió mi cuerpo y me tomé de sus antebrazos, pero no hice ni el menor esfuerzo por quitarlos de allí. Él nos juntó todo lo que se podía flotando en el agua.  Yo cerré los ojos… y me besó. 
Sentí sus labios sobre los míos, ambos un poco húmedos a causa del agua. Me sumergí en el momento, disfrutando cada segundo.
Al instante escuché un chapoteo a la desesperada y un grito. Eso hizo que nos separásemos de pronto. Luego un par de risas. Volteé a ver y me asombró encontrar la pileta vacía. Solo estábamos Paul y yo. Una música lenta hacía de fondo, de seguro Ringo la había colocado cuando “nos distrajimos”. Fuera lo que fuese,  nuestros amigos eran geniales.
Clavé la vista en sus ojos, que brillaban con la luz de la luna. Todo él tenía un resplandor extraño, probablemente causado por las gotas de agua milimétricas adheridas a su piel. El sonrió y yo también lo hice. Al flotar en el agua habíamos vuelto a separarnos. Sentí su mano nuevamente sobre mi cintura y me atrajo hacia sí otra vez. Con la otra acariciaba suavemente mi mejilla y me observaba como si fuera algo maravilloso.
-Qué curioso…-dijo acomodando un mechón de cabello tras mi oreja. Su voz baja y rasposa me hizo estremecer.–Podría jurar que tus ojos se ven más claros con esta luz.
Esas pocas palabras sirvieron para romper todo el encanto. Fue igual que si hubiéramos estado en una burbuja y alguien la pinchara desde fuera. Todo se hizo añicos a mi alrededor. Paul no podía conocerme. No podía saber de Angie. ¡Nadie podía! Debía hacer algo rápido, salir de allí. ¡Qué estúpida! ¡¿Cómo pude olvidar que llevaba puestos los lentes de contacto?! ¡¿Y el lunar?! De seguro habría desaparecido también.
Sus dedos continuaban acariciando mi piel rítmicamente, al compás de la música lenta.  Era un momento único, pero  tenía que escapar. Retiré su mano de la forma más suave que pude, tanto la de la cara como la de la cintura. Él no reaccionó muy bien que digamos, sin embargo aproveché sus segundos de dubitación para salir nadando hasta los escalones.
-¡Espera! ¿A dónde vas? –Lo oí que gritaba con el agua a la altura de la cadera.
-¡Lo siento, Paul!-me disculpé sin ni siquiera voltearme. –Es solo que yo… olvide…
Ni siquiera inventé una buena excusa. Cuando salí, tomé una toalla del montón y me envolví con ella, estaba empapada, pero no me importó. Deslicé la puerta ventana y me metí apresuradamente. A través del vidrio fui capaz de distinguir cómo Paul salía de la pileta y se secaba un poco la malla para entrar tras de mí. Cuando me di la vuelta, me recibieron un millar de vitoreos, chiflidos y aplausos. Sentí ganas de llorar, a todos ellos les estaba mintiendo, igual que a mí misma y a Paul.  
Me tapé la cara con las manos para evitar que vean mis ojos. Igual por las lágrimas que por mis iris claros. Subí las escaleras hecha una furia y apenas llegue a mi habitación, me introduje en ella dando un portazo. Continuaba chorreando agua y mojaba todo a mi paso. Me apoyé en el costado de la cama y flexioné las rodillas, posando mis brazos, y sobre ellos, mi cabeza.  
No entendía por qué lloraba. Tampoco era que conociera mucho a Paul como para que me afligiera de tal modo no decirle la verdad. No obstante, sentía unos deseos fervientes de hacerlo, de mostrarle mi verdadero yo.
Pero… ¿No era acaso Miranda Kane? Ya no estaba tan segura; me daba miedo, temor de abandonarla y jamás encontrar a Angela Smith. Llevaba tantos años siendo ella que ni siquiera sabía quién era yo.
Entonces… ¿Era Paul el verdadero problema? ¿O solamente estaba demasiado perdida?
Los golpes en la puerta me rescataron de mis pensamientos trayéndome a la realidad. No tenía ganas de responder, así que solamente me quedé en silencio. Un momento después entraron John y Sofia, mis mejores amigos. Ambos se sentaron a mis lados, ella a la derecha y él a la izquierda. Sofi comenzó a acariciar mi cabello mojado y Lennon me frotaba la espalda.
-¿Estás bien? –preguntaron al mismo tiempo. Lo único que hice fue negar con la cabeza.
-¿Paul te ha hecho algo? –inquirió el castaño y sentí que sus dedos se tensionaban un poquito. Volví a negar. John se relajó.
-¿Cuál es el problema? –quiso saber Sofi, con un tono bajo y maternal.
-Es-es que…-comencé entre sollozos, me erguí contra la cama y me sorbí la nariz con una esquinita de la toalla.- Ya ni siquiera sé quién soy. –ambos se quedaron en silencio, como sopesando una respuesta.
-Oh, no te preocupes, Randi. –Me consoló mi amiga.-Eso nos pasa a todos.–La miré con los ojos vidriosos y noté su sorpresa al verme. Por un segundo me puse en su lugar y hasta yo me sobresalte. Debía estar acostumbrada a una chica de pelo rubio, ojos marrones y que rebosaba confianza en sí misma, con una vida aparentemente perfecta; lo que ahora veía era alguien mojado, lloroso e inseguro, con el cabello más oscuro debido al agua, ojos claros y sin lunar…
-No conozco a nadie más que tenga que transformar su rostro todas las mañanas.-comenté con un tono frió y clavé la vista en el esquinero de la puerta.
-No es tan difícil- dijo John- Llevas siendo Miranda toda tu vida. Un nombre no define quién eres; si no lo que llevas dentro. –sus palabras me obligaron a tragar saliva- Te comportarías igual aún si siguieras llamándote  Angie ; incluso si fueras… no sé,  Roberta o Rosalinda.  
-Si fuera Angie-puntualicé- no tendría una vida tan ajetreada, vería a mi padre más seguido, no saldría a tantas fiestas…
-Y no actuarías-me cortó Sofi- Eso es lo que más amas hacer en la vida, Randi.
Está bien… si antes estaba confundida, ahora era un completo desastre. A donde sea que mirara tenía buenas y malas oportunidades. ¿No existía acaso un camino fácil, donde todo pudiera ser feliz? “No. Porque esto es la vida real, no una de tus películas” me respondía a mí misma.   
-Sé que estás en una encrucijada. –Comentó John un poco nervioso- pero abajo todos esperan ansiosos saber qué paso contigo. En especial Paul.
Paul… ¿Debía decirle? ¿Contarle mi secreto? Al fin y al cabo no era tan íntimo; es decir, ni yo misma recordaba bien cómo era Angie. Tenía cuatro años cuando empecé a ser Miranda…
-No, no puedo.
-¿Qué cosa?
-Bajar. Sería incapaz de mirarlo de nuevo en los ojos y mentirle.
-¡No estás mintiéndole! –Protestó Sofi, que había entrado en calores.–¿Qué nombre tienes en tu tarjeta de identificación?
-¿Eso qué tiene que…- se extrañó él. Tampoco yo entendía nada.
-¡Responde!
- Esta bien, esta bien. –Reflexioné un momento. Luego fruncí el seño.-Miranda Kane.
-Exacto. –Una sonrisa de suficiencia se extendió por su rostro- Si para el gobierno eres ella, para el resto igual.
-No para mí-contradije. Mi amiga resopló. Decidí ignorarla y me dirigí a John.
-No quiero salir.- Casi rogué- Inventa algo. Sé que puedes. –El castaño me miró indeciso- ¿Por mí? –él rodó sus ojos.
-De acuerdo.-Aceptó. - ¿Pero no quieres despedirte? –un nudo se me formó en el estómago.
-De todas formas los veré mañana.-  el silencio que siguió logró incomodarme.- Los veré mañana –Repetí- ¿Verdad? ¿John?
-Randi…-empezó no del todo convencido. – Tenemos un compromiso urgente en Londres, nos vamos a las siete. El director decidió que la cantidad de tomas de esta tarde serían suficientes, además pudieron salvar algunas viejas…
Lo que dijo me calló como un puño en el estómago. ¡Se suponía que tendría todo el día para despedirme! ¡Veinticuatro horas dedicadas a desacostumbrarme de las risas y el barullo! De la distracción y sentirme bien…
-No voy a bajar.–Decidí, mostrando una faceta firme que en realidad era una máscara- Dile a Paul que lo llamaré y a los otros que de verdad lo siento.
-¿Estás segura? –preguntó Sofi, con la preocupación reflejada en sus ojos. 
-Sí. -Afirmé-  Inventen alguna escusa, sé que les saldrá bien.
-Como tú quieras.-aceptó John, dándose por vencido. –Te extrañaré Randi. –agregó con ternura. Luego me abrazó. Yo correspondí con las lágrimas a punto de escabullirse, de verdad los echaría de menos. Incluso aunque solo hubieran sido tan pocos días.
-Yo a ti. –le dije antes de que se fuera.
Abrió la puerta y abandonó la habitación, la castaña salió en seguida tras él.
Después me quedé sola. Toda mojada, y un pequeño charco a mi alrededor. Un temblor me recorrió todo el cuerpo, pero no supe si fue por nostalgia, tristeza, preocupación o mariposas al recordar los suaves labios de Paul sobre los míos...

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