lunes, 12 de marzo de 2012

Capítulo 26

Presente, Estados Unidos.

-¡Nos vemos en media hora junto al auto que manejaba hoy Paul! ¡TODOS! – escuché su risa característica de fondo.
Una vez que estuvimos todos instalados en los asientos, saqué mi móvil y marqué el número de Phil, el hombre que cuidaba la casa mientras no estaba. Me comunicó que mi pequeña “reunión” podía celebrarse sin problemas. También me pidió que le enviara saludos al “señor Lennon”. Él y John se habían conocido un verano hace bastante tiempo. Mi amigo había volado hasta América en compañía de mi padre, en unas vacaciones inolvidables en las que él y mamá se llevaban bien.
Paul silbó fuerte cuando la silueta de mi casa surgió en el camino. Yo reí, venía sentada entre él y John, en la parte trasera del coche. Ringo iba al volante y Debbie estaba de copiloto.
-¿Harás eso cada vez que veas algo mío? –cuestioné; medio en broma, medio en enserio. Paul se encogió de hombros.
-Solo si tus otras pertenencias son tan geniales. –declaró.
-Y tu porque no has visto el bungaló que tiene su padre a las afueras de Londres- comentó John.
-Basta ya.–Los paré. No me gustaba el rumbo que tomaba la conversación, tenía el presentimiento de que Paul solo se fijaría en las últimas palabras.
-Espera. ¿Has dicho que su padre vive en nuestra ciudad? –le preguntó a mi mejor amigo.
-Exacto- corroboró este- A veces creo que tienes algo en los oídos, me canso de repetirte las cosas.
-Están perfectamente.- se defendió al tiempo que llevaba una mano a su oreja. ¿Para comprobarlo, quizás?
-Los tienes repletos de zanahorias. –Miré a John. No sabía si agradecerle su innata habilidad para decir estupideces y así cambiar de tema, o si extrañarme porque realmente hablaba incoherencias.
-No, Lennon. El problema es que comiste tantas que han afectado tu cerebro. –continuó McCartney con la discusión- Deberías dejarlas.- agregó casi tan serio como si de drogas se tratase.
El castaño estiró un brazo por detrás de mí y le dio un zape.
-Nunca vuelvas ni siquiera a mencionarlo.- Amenazó. Luego se cruzó de brazos y miró ceñudo por la ventanilla, dándonos la espalda. Escuché la baja risa de Ringo en el asiento del conductor.
-¡Oh! ¡Vamos, Johny!- le habló Paul todavía acariciando con los dedos la parte de la nuca donde John le había pegado.
-Bueno, ya- dijo este desembarazándose de la cuestión. –te persono solo porque mirar el paisaje me resulta tremendamente aburrido. – Paul sonrió de lado.
-¡Me quieres! – exclamó. Estaba segura de que John replicaría algo igual o aún más vergonzoso, pero Debbie los interrumpió.
-Todos nos amamos y somos parte de una gran familia feliz. ¿Podemos dejar de lado el tema de su amor imposible? ¿Por favor? Gracias.
-Debbie, nosotros no somos parte de una misma familia. –Contradijo Paul y con tranquilidad.
-¿A no? –se extrañó Debbie, hablando por segunda vez.
-Lo tuyo y George es un tema aparte.- explicó, refiriéndose obviamente a que ellos sí eran hermanos. –Yo nunca podría ser familia de Miranda, por ejemplo. –Terminó con tono despectivo, como si la sola idea le repugnase.
-¡¿Y por qué no?!- la verdad estaba molesta, no tenía derecho a usar esas palabras conmigo.
-Yo…-pareció pensarlo un momento- te lo explico después. –Lo miré indignada entrecerrando los ojos. No entendía que me importara tanto, pero el modo en que lo dijo había logrado fastidiarme. ¿Por qué razón Paul no quería ser familia mía? Es decir, si hipotéticamente hablando, hubiera sido su hermana, o su prima, no me molestaría. No era una carga tan terrible, ¿Verdad?
-Y… llegamos- anunció el baterista. Estábamos justo delante de una gran verja de hierro. Los faros del otro auto iluminaban el rostro de John de manera extraña, ya que pasaban a través del vidrio tintado. Tenía un buen perfil, de eso no cabía duda.
Me estiré sobre él y pulsé el botón para bajar la ventanilla. Tuve que arrodillarme en sus piernas y sacar casi medio cuerpo para llegar al portero electrónico y colocar la clave que nos dejaría pasar.
Al instante las puertas se abrieron y, una vez que estuve bien sentada, nos adentramos por el camino de grava que llevaba al porch. A los lados estaba decorado con arbustos y flores de diversos colores, y más allá el césped verde oscuro –ya que era de noche- y recién cortado era apreciable.
Ringo aparcó en uno de los lugares disponibles y George, que conducía el otro coche, lo hizo a su lado. Todos bajamos apresuradamente. Me quedé inmóvil contemplando la vista.
Una escalera corta llevaba a la puerta principal, antes de ella, se desarrollaba una galería con columnas que sostenían el techo. La casa estaba pintada de un marrón pálido, tenía dos pisos de alto y un subsuelo. El tejado era negro y poseía una forma extraña, como en desliz.
Caminé a paso lento hasta situarme frente a la cerradura. La última vez que había hecho eso, mi madre se encontraba junto a mí. Coloqué la llave e hice presión hacia la derecha, se oyó el típico sonido de las trabas al correrse y la pesada puerta se abrió como si fuera una pluma.
En menos de un segundo ya estaban todos queriendo entrar. Los chicos decidieron dejar a mis amigas pasar primero. Noté que George se llevaba a parte a Paul para comentarle algo emocionado. Este le respondió posando una mano sobre su hombro y suavizando las facciones del rostro para que el guitarrista pudiera imitarlo. Mary pasó cerca de ambos, con su andar risueño y juvenil. Los ojos profundos de Harrison la siguieron sin disimular. Decidí tomar cartas en el asunto y me acerqué hasta ellos.
-¡Te digo que así no funcionan las cosas! –le decía  a Paul por lo bajo, a modo de queja.
-Vamos, Georgie. –insistía el bajista- no tienes que ahogarte en un vaso de agua. ¡Solo invítala a salir! – y puso especial empeño en las últimas tres palabras.
-¿Qué sucede, chicos? –pregunté apareciendo de improvisto.
-Nada.
-George no se anima a invitar a Marianne a una cita.
-Gracias, Paul.- Contestó el castaño con su acento particular y la voz llena de sarcasmo. –Por cierto, ¡Me encanta este lugar!
-A mí también- sonreí- pero no cambiemos el tema. ¡Has lo que Paul dice! –lo insté.
-¿Ustedes creen?
-George- le dijo el muchacho agregando un toque de fuerza –innecesario- a la mano con la que lo sostenía.- Su mejor amiga acaba de decirte que vayas a por ella, ¡Eso te lo confirma!
-¿Confirma qué? –preguntó una sonriente Marianne espantándonos a todos. Paul dirigió la vista a su calzado, como si de pronto fuera lo más fascinante en el mundo. Decir que George se puso colorado era poco, pues se encontraba al rojo vivo.
-Nada.-contesté sonriente- ¿Por qué no le muestras a Harri (así solía llamarlo yo, una estúpida abreviación de su apellido) algunos juegos de video? Estoy segura que querrán usarlos tarde o temprano.
-¡Seguro! Me encantaría- tomó al chico de la mano y al instante se ruborizó y lo soltó de pronto- ¿Te parece bien? –se aseguró.
Paul tosió de una forma extraña, algo que sonó a “sí, claro!” en medio del asma. Continuaba enfocado en sus pies.
-¡Sí, claro! – repitió George bastante tarde- Yo te sigo- agregó después.
Mi amiga se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia donde acaba de indicarle.
Quedamos en silencio por un rato, Paul se dedicaba a observar el lugar. Tenía un juego de sillones de cuero frente a una tele, un poco más lejos yacía una mesa de billar y la pared de la puerta principal tenía dos grandes ventanales que daban a la galería y el patio delantero. En el otro extremo las puertas ventanas enseñaban un camino de piedra a la piscina. Cerca de nosotros, la escalera para llegar al piso de arriba.
-Vaya que el silbido valió la pena- comentó él para romper el hielo.
-Me alegro de que te guste.-Murmuré. Otro silencio más y de pronto recordé que no me había explicado el asunto de la familia.   
-¿Qué era eso que prometiste explicar? –Él me miró confundido. –en el auto… -lo animé, haciendo gestos con mis manos, pero Paul continuaba con la misma cara. -¡No querías ser mi familia!
El muchacho comenzó a reír ante la evidente acusación. Unos hoyuelos se formaron en sus mejillas.
-¿Qué es tan gracioso? –pregunté cada vez más irritada.
-¡Jamás podría ser familiar tuyo! –dejando de reír pero sin bajar las comisuras de sus labios.
-¡¿Y por qué no?! –Paul se acercó a mi oído. Noté un brillo especial en sus ojos color miel, sus cabello suave rozó mi rostro causándome un leve cosquilleo.
-Porque, si de algún modo estuviéramos emparentados,- comenzó él con el tono bajo y rasposo que lo caracterizaba- jamás podría invitarte a salir.   

2 comentarios:

  1. :3 Paul..... LINDO!!!!! jajajajajajaja y miranda asustada porque no quería no ser d su familia! Excelente cap sube pronto!

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