domingo, 17 de junio de 2012

Capítulo 46


Presente, Londres.

Ya casi se había cumplido una semana desde que Paul había vuelto a la casa que compartían con John. Yo me sentía como pececito dentro del agua conviviendo con ellos dos. Los medios y la prensa se estaban dando un festín con mi estadía, pero no me importaba, porque serían los últimos días que pasaríamos juntos. Si una cosa le agradecía a Miranda Kane, era lo buena actriz que era. De este modo, ninguno se daba verdadera cuenta de lo mal que a veces me sentía.
Cada tanto, Johny lograba descubrirme, pero yo lo atribuía a que me sentía culpable por el estado de Paul –cosa que en parte era cierta- y el castaño me consolaba y pasaba rápidamente a otro tema, sin sospechar.
Los chicos también venían muy a menudo, solo que no todos juntos porque el bajista no podía soportar tanta adrenalina. Como es de esperar, él no quería saber nada al respecto; decía que, como “deseo de enfermo”, los tendríamos que dejar entrar. Y aquí es donde se preguntan… ¿Por qué tendríamos? La respuesta es simple: Anne y yo. Si había algo en que las dos coincidíamos completamente, era en que la salud y seguridad de Paul estaban antes de  sus caprichos. Con respecto a mi suposición de odio, creo que está bien fundada; al menos no me dirigió la palabra en seis días. Supongo que al menos ella no sufriría cuando Miranda ya no estuviera.
-Despierta,  dormilón. –dije ingresando a la habitación de Paul y corriendo las cortinas de su ventana para que el sol invernal lo bañara todo.
-Apágala, por favor. –rogó con su voz más ronca de lo habitual. Sonreí ante el pedido; era obvio que no podía apagar esa luz. Paul se encontraba con la cara ladeada en la almohada, de tal forma que los rayos de sol le daban directo en los ojos. Frunció los párpados y arrugó la nariz, pero luego volvió a quedarse quieto. Vaya que tenía el sueño pesado.
Me acerqué sigilosa para sacudirlo un poco de cerca, mi mirada se pasó por su cabeza y lo que vi me obligó a anclarme en el lugar. Por lo general, debido al peinado de Paul, su cicatriz no era apreciable; sin embargo, después de haber dormido y con el cabello desordenado… le faltaba un mechón del lado derecho. En ese espacio podía verse sin complicaciones una fina línea surcada de segmentos diminutos –los puntos- atravesar su cuero cabelludo. <<Esto es tu culpa…>> volvía a recriminarme por enésima vez.  
Luego necesité de varias inhalaciones y expiraciones profundas para recuperarme, pero al final logré hacerlo. Continué avanzando sin hacer demasiado ruido. Ese día llevaba ballerinas, por lo que no tenían tacón. Me incliné y cuidadosamente tapé la herida con su propio cabello. Después bajé mis dedos hasta rozar con delicadeza su mejilla y planté un beso en sus labios.
Igual que el primer día, mientras dormíamos, Paul abrió sus ojos de inmediato.
-¿Lo ves? –Pronunció, su voz continuaba igual y me resultaba terriblemente sexy- Así me gusta que me despiertes. – yo sonreí soltando una pequeña carcajada. Él se incorporó hasta sentarse y apoyarse en el respaldo de la cama. Estiró los brazos al tiempo que emitía un gran bostezo y se acomodó el pelo. Me echó una mirada llena de cariño. Debo admitir que logró sonrojarme. Bajó sus profundos ojos verdosos hasta mi cuerpo y sus cejas se fruncieron, enseguida su rostro adoptó una mueca de confusión.-¿Qué tienes puesto, Miranda?
Seguí intrigada la dirección de su mirada y sonreí al reconocer lo que me había colocado esa mañana. Por lo general mi estilo era algo más atrevido o moderno. Ya saben, tacos de diez o doce centímetros; las piernas al descubierto, con alguna media fina o calza; remeras ceñidas, vestidos; o simplemente lo que estuviera a la moda. Ese día, por el contrario, llevaba unos jeans azul oscuro y rectos, remera blanca de corte princesa, ballerinas de cuero color suela y una camperita de lana en un rosa pálido. Incluso mi maquillaje era más de niña tierna.
-Oh, es día de visitas. –expliqué. El muchacho me observó sin cambiar su expresión.
-No te sigo. –dijo negando con la cabeza y todavía absorto en el vestuario.-¿Son perlas las que traes como pendientes? –curioseó.
-Sí. –afirmé. - ¿Podrías hacerme el favor  de prestar atención a lo que trato de explicarte? – pregunté sonriendo. La imagen de Paul mirándome así con esa clase de piyamas continuaba causándome mucha gracia. Se sacudió una vez como para poder concentrarse y proseguí.–Tu tía recibió una llamada del doctor autorizándote a salir de la cama.–su rostro se iluminó como el de un niño en Navidad al oír esas palabras- Tranquilo, tigre –le avisé- tu radio de alcance es hasta la cocina. – Su ensueño pareció pincharse un poco en ese momento, pero proseguí hablando- El caso es que… ¡John y yo hemos invitado a nuestras abuelas para que las conozcas! –Terminé exclamando emocionada.
Paul por el contrario, se quedó algo perplejo, supongo que procesando la noticia.
-¡Sí! –gritó por fin. -¡Señoras mayores!
Yo lo miré sin saber qué cara poner, hasta que estallé en carcajadas. Ante el alboroto, nuestro amigo que se había levantado temprano para la ocasión, se asomó por la puerta. De seguro se extraño al verme doblada, riéndome verdaderamente fuerte; asique simplemente se dirigió a Paul.
-¿Y a esta qué? –consultó.
-Pues acabo de festejar porque sus abuelas vienen y reaccionó así. Todavía no sé si me golpeará o me abrazará cuando termine de reírse. –declaró con tono algo preocupado.
Yo me recuperé poco a poco de mi ataque de risa, respirando entrecortadamente y con el rostro colorado. Lo miré a los ojos.
-Mi abuela Rose es de las personas más importantes en mi vida. –declaré muy seria.
-Siéntete afortunado, McCartney.. –acotó Johny a mis espaldas. – Ningún otro chico la ha conocido jamás – rodé los ojos y luego volví a mirar a Paul fijamente.
-Entonces elije tú lo que me pondré para que me vea presentable.–pidió y me regaló la más cálida de las sonrisas.
Me abalancé sobre él y le di un gran abrazo. Paul a su vez me rodeó con los suyos, y, en la primera oportunidad, comenzó a besarme. Creo que en la última semana me había dado todos los besos que me debía por los dos meses que pasamos separados…
-Bueno, tórtolos, yo los dejo. –comentó nuestro amigo en tono alegre, y cerró la puerta tras de sí. 

Dos horas más tarde estábamos todos sentados a la mesa comiendo una rica pasta. Mi abuela Rose, la de John, Julia –al igual que su madre-, Paul, John y yo. La charla versaba sobre las giras y las películas. Acabábamos de abandonar el tema de “repostería”, del cual mi chico sabía mucho gracias al verano en que trabajó en una tienda de tortas. Él y Rose se llevaban de maravilla, verlos conversar era como una bendición para mí. Ningún muchacho la había conocido antes, y estaba segura de que él sería el único al que aprobaría. Solo ensombrecía el cuadro el hecho de que mi madre no estaba allí, y, que, en realidad, ella no había sabido de Paul. 
La tarde pasó espléndida. Creo que fue de los mejores días en mi vida. Ringo y George vinieron para tomar el té, y Brian Epstein cenó con nosotros. A pedido de Paul, entramos dos o tres carteles de las fans que se encontraban fuera en la calle, esperando por ser las primeras personas que su ídolo viera cuando le fuera posible salir. Ellas se hallaban locas por Paul, y viceversa.
En cierto momento, tuve la posibilidad de una conversación a solas con mi abuela, quien estaba enterada de todo el plan. Pareció comprenderme cuando le dije que el único motivo para matar a Miranda era que no permitiría bajo ningún concepto que Paul volviera a resultar herido. Sin embargo, ella me conocía y sabía que tenía un sinfín más de razones, como odiarme a mi misma o sentirme culpable; no obstante, Rose no dijo nada al respecto.


La semana que restaba se fue volando, me pareció más rápida que una exhalación. Paul y yo estuvimos juntos cada segundo de esos días. Cuando le dijeron que ya podía moverse con libertad, salimos a pasear por las calles de Londres, blancas gracias a la primera Gran Nevada. Nos besamos en el London Eye, en el Big Ben, en el Sturbuks, en la calle, en su casa, en su habitación, prácticamente en todos lados. Su mano sostuvo la mía toda la semana. El corazón se me encogía e hinchaba –si es posible- al mismo tiempo cada vez que me dedicaba una sonrisa o me regalaba una frase aduladora. Me dormía entre sus brazos al salir las estrellas y me despertaba en el mismo lugar cuando brillaba el sol. Las cosas parecían perfectas… solo que no durarían. 
El día del vuelo, de la partida, me desperté más temprano. Lloré igual que la noche en que volvió, mirándolo casi con adoración mientras dormía. Paul me había ayudado mucho. No sé qué hubiera sido de mí si no lo hubiera conocido en esa fiesta de presentación de Sonny. –y ya que lo menciono, los chicos me enseñaron a jugar con el chirimbolito ese- si no me hubiera mirado así aquella vez en la playa, si no me hubiera besado por primera vez en la piscina y luego haberse ido, lo que nos obligó a charlar y conocernos bien. Si no hubiéramos encajado tal cual piezas de rompecabezas hace dos semanas, al reencontrarnos. Tal vez Miranda Kane tampoco existiera, inclusive es posible que ni Angie Smith haya sobrevivido a la muerte. Si me hubiera quedado tan sola en Los Ángeles, hasta podría haber llegado al extremo del suicidio. Pero Paul me enseñó a amar. Y siempre le estaría agradecida por ello.
Ahora solo me quedaba esperar que algún día él encontrara a alguien digno de su amor. 

Me fui.
Huí de la manera más terrible. Prometiéndole un futuro y asegurándole que todo estaría bien. Volveríamos a vernos después de Navidad, para pasar el año nuevo. O eso era lo que él creía. El 27 de diciembre mi jet privado despegaría de una plataforma en la ciudad, que no se encontraba en el aeropuerto. Un piloto y una doble serían los únicos pasajeros. Después encontrarían los “resto del avión” flotando en el mar, cuando la realidad era que ambos habrían aterrizado a salvo en una pequeña isla en medio del Océano Atlántico. Así terminaría la corta vida de Miranda Kane, y yo reconstruiría la mía propia. Viviría con mi padre en un pequeño pueblo cerca de Londres e iría a la Universidad. Sería normal y dejaría todo en el pasado.
Las lágrimas volvieron a recorrer mis mejillas. Ni siquiera intentaba limpiármelas porque sabía que enseguida serían reemplazadas por otras nuevas. Cuatro personas conocían el plan. Greg, quien me había ayudado a idearlo; mi abuela, a quien no soportaría hacer creer que me perdería, puesto que ella ya había tenido suficiente con mamá; Monique, mi representante; y Phil, el señor que se encargaba de mi casona a las afueras de la ciudad. 
Sin embargo, quería añadir dos personas más a la lista. Sofi, mi mejor amiga y hermana, y su madre. No podía imaginar una vida nueva si ellas no estuvieran presentes.
La puerta se abrió con una vuelta de la llave y mi amiga entró alegre hablando con su teléfono. Al juzgar por las risas y el brillo risueño de los ojos, era Ringo al otro lado de la línea. Sin embargo, cuando reparó en mí, su boca se abrió con asombro y cortó la llamada. Se agachó hasta ponerse a mi altura. Yo me encontraba sentada en el piso, contra una de las paredes del recibidor de mi casa, con los brazos sobre las rodillas y la cara hundida en ellos. De seguro el maquillaje se me había corrido y tenía los ojos irritadísimos de tanto llorar con los lentes de contacto puestos. Sofia me abrazó y comenzó a acariciarme la espalda, mientras me susurraba cosas buenas al oído.
-¡OhRandi! –se lamentó al comprobar que me costaba un enorme esfuerzo parar.
-No me llames así. –dije débilmente. Y como si me hubieran puesto en modo “encendido” empecé a hablar. 
Le conté todo. Mis preocupaciones, mis dudas, mis inseguridades y mis dolores. Todo lo que el plan conllevaba. En cierto momento ella también comenzó a llorar. Sabía más que nadie lo mucho que odiaba ser Miranda Kane. Al principio intentó convencerme de que tal vez hacer eso no era lo correcto. No obstante, terminó por desistir. Cuando yo tenía una idea en la mente, era  imposible hacerme cambiar de opinión. Asique hizo lo que más necesitaba en el mundo. Me prometió que siempre estaría allí para mí y decidió venirse conmigo a Londres. Le encontraríamos un departamento en la ciudad, y sería capaz de disfrutar con Ringo mientras lidiaba conmigo.
Agradecí al cielo que hubiera puesto tantas buenas personas en mi vida, pero al mismo tiempo me pregunté por qué me las había dado.  
Entre las dos subimos las escaleras y nos dirigimos al baño. Me quité los lentes y el lunar. Sofi me ayudó con el maquillaje. Al final acabé por meterme en la ducha. Cuando terminé, me envolví en una bata y mi amiga tomó mi cabello entre sus manos. Ambos volvimos a romper en llanto. Me lo cortó con unas tijeras de acero  que tenía en el cajón. Con el corazón encogido fui viendo los mechones caer en el piso. Luego me lo secó y por último lo tiñó de marrón oscuro.
Me observé transformada en el espejo. Adiós Mirandabienvenida Angela Smith








Jojooj se las dejé picando eeeeh (?) Creo que el fic está en el momento más chananan. Sepan disculpar las demoras que tuve en subir, es que no pude. Ahora veo si subo otro. Y si no llego... Capítulo dedicado al amor de mi vida Paul McCartney hoy, en su cumpleaños. 70! Todo un pendejo es :')

sábado, 16 de junio de 2012

Capítulo 45

Presente, Londres

El beso fue lento, tierno y suave. La felicidad volvió a embargarme. Él seguía acariciando mi mejilla y yo comencé a juguetear con su cabello. Noté que se estremecía al rosar con particular suavidad un pequeño fragmento de su cuello. Sonreí en medio del beso y por fin nos separamos.
-Si ya han terminado de intercambiar saliva –comenzó una voz a mis espaldas. Paul y yo reímos al mismo tiempo porque sin duda alguna era John.- me gustaría saludar a mi mejor amigo. –finalizó.
Se acercó a nosotros, literalmente me corrió hacia un costado y le dio al bajista un gran abrazo. Aproveché el momento para verificar quiénes estaban allí junto a la puerta. George, Ringo, Brian Epstein y aquella señora que no reconocía. La morena con cara de cansancio.
Me acerqué al baterista ya que John y Paul continuaban hablando de quien sabe qué y poniéndose al día a mis espaldas. Lo saludé con un beso en la mejilla y le mandé saludos de Sofi, cosa que provocó un gran sonrojo. Había hablado con ella el día anterior, contándole básicamente todo lo que me había sucedido. El detalle de que probablemente ya no vería a Miranda Kane preferí guardármelo para más adelante. La cosa es que me rogó le mandara sus saludos a Ringo, así que eso hice.
Continué con Georgie, a quien también regalé un beso en la mejilla y platicamos un poco sobre Mary. Me contó que estaba algo preocupada por mí y yo me hice la nota metal de llamarla más tarde. Después siguió Brian. El hombre me dio un abrazo de bienvenida que no me esperaba. Le sonreí agradecida y, ya que parecíamos tenernos confianza, aproveché a preguntar:
-¿Tienes idea quién es la señora que ha entrado con Paul? –susurré, tampoco quería que ella escuchara, y estaba bastante cerca. Epstein se carcajeó.
-Sí, es Anne. Su tía.
El muchacho volvió a reír ante mi expresión. Supongo que debió de ser bastante cómica, porque me puse estática. Giré despacio, ya que ella había vuelto a tomar el brazo de Paul y se hallaba platicando con los chicos. Me concentré en sus ojos, en las ojeras que había debajo. Imaginé por lo que habría tenido que pasar, de seguro bastante parecido a mi propio sufrimiento. El amor incondicional que debía sentir por él, confirmado por todas las cosas que el mismo Paul me había contado. Imaginar que podría perderlo… de seguro cruzó su mente. Pero había una diferencia muy importante, no era su culpa. Ante una tragedia, las personas tendemos a buscar el responsable del hecho funesto. Muchas veces somos nosotros mismos; ella, sin embargo, tenía a la causante frente a sus ojos… Yo.
Me concentré un poco más y descubrí un segundo sentimiento en su mirada, devoción. La mujer observaba a Paulie como si fuera un ser casi irreal, como si pudiera desaparecer de un segundo al otro. Y entonces comprendí, Anne debía de odiarme.
<<Bienvenida al club>> ironicé para mis adentros. Había llegado a esa conclusión en poco tiempo. Paul se dio la vuelta y volvió a sonreírme. Yo le imité, pero fue un acto reflejo más que otra cosa. Él y su tía se acercaron unos pasos hacia mí, el rostro de Paul se puso todo blanco en un instante y se tambaleó hacia el piso. Gracias a Dios la señora lo tenía bien sujetado, y lo salvó de lo que hubiese sido un feo cardenal. 
-Vamos. A la cama. –ordenó después. El chico y yo intercambiamos una mirada, no quería irse.
-¿Me acompañas? – Preguntó. Observé a John de reojo y este asintió.
-Seguro. –dije, y luego los seguí hacia su habitación.

Una sonrisa involuntaria se formó en mis labios al ver que lo único que hizo fue quitarse la chaqueta y meterse entre las sábanas. No me había dado cuenta de que traía su piyama puesto. Una remera y un pantalón largos de algodón azul oscuro, atravesado de líneas verdes que formaban cuadrados encima, un poco de tipo escocés. –tengo bien presente que debería haberlo notado, pero simplemente no fue así- Su tía lo tapó hasta la pera y le besó la frente.
Yo me encontraba parada en el umbral. La escena era conmovedora y cómica al mismo tiempo. Paul parecía tener 7 años. El muchacho le susurró algo al oído. No podía ver la expresión del rostro de ella, ya que estaba de espaldas. Por lo rígida que se puso, supuse que no le agradó mucho lo que su hijo le comunicaba. No obstante, se incorporó muy derecha y salió de la habitación con gran personalidad.
Lo miré desentendida enarcando una ceja y él soltó una carcajada. Luego levantó las sábanas con su mano izquierda, indicándome que me recostara de ese lado de la cama (doble). Fui por donde me dijo. Me senté en el colchón, desaté los cordones de mis zapatos y me coloqué a su lado, sobre las mantas.
-¡Hey! – me reprochó con una cara de puchero que encontré muy divertida. – Se supone que te metieras bajo las sábanas conmigo.  – continuó, y frunció el seño. Yo solté una carcajada.
-Ni en tus mejores sueños, McCartney. – le contesté, captando en seguida el doble significado de sus palabras. Paul parecía demasiado cansando para pelear, asique terminé ganando.
-Está bien, en ese caso, tendré que conformarme con esto. –decidió y se sentó un en la cama. Me tomó por la cintura y me acercó a él hasta que nuestras frentes se rosaron.
 Volvió a unir nuestros labios. Al principio fue un simple roce, pero luego se volvió mucho más intenso. Me sentía cada vez más necesitada a medida que pasaban los segundos; pero también más desolada. No había calculado que sus besos me agradarían tanto ni por asomo. Fui plenamente consciente de lo mucho que extrañaría a Paul, porque con certeza, al cabo de dos semanas, no volvería a verlo, jamás.
Me apegó más a él, subiendo sus manos desde mi cintura hasta mi espalda. Terminé recostada sobre su cuerpo en la cama, con nuestras ropas y las mantas como única barrera. A penas sí podía pensar con claridad y decidí que debía distraerme con algo antes de cometer un acto estúpido. Me costó muchísimo parar, porque cada segundo que pasaba se volvía más intenso, y, para ser sincera, me resultaba gratificante;  pero al fin lo conseguí. Comencé a las carcajadas cuando él me besaba la mandíbula y descendía por el cuello.
Al principio pensó que me hacía cosquillas, sin embargo, se hizo evidente que era otra cosa la que me causaba gracia. Se separó de mí lo suficiente para observarme extrañado, abrí los ojos (que se me habían cerrado a causa de la risa) y le expliqué.
-Hay una pareja en una cama –comencé con la voz algo temblorosa, señalándonos- se besan apasionadamente – volví a señalarnos y él sonrió. Asintió una vez para demostrarme que me seguía-  y entonces…- solté una carcajada, Paul me miró con desesperación.–¡Notas que el chico tiene puesto un piyama igual al de un niño de siete años!- terminé, y riendo nuevamente gire hacia la izquierda para bajarme de él y simplemente recostarme a su lado.
-Si eso es lo que te molesta puedo quitármelo. – insinuó. Lo miré incrédula y volví a reír. - ¿Qué? – preguntó, pero se contagió de mi.
-Eres increíble. –comenté rodando los ojos, divertida. – dime con sinceridad que no estás cansado y que no se te parte la cabeza del dolor. – reconozco que me costó bastante decir aquello sin que sonara afectada, porque era una fibra muy sensible dentro de mí, pero para algo era actriz, ¿Verdad?
-De acuerdo, lo acepto. ¿Podemos seguir? – Repetí el gesto. Sabía que no lo decía en serio. Bueno, eso creía.
-¡No! –remarqué, con un tono obvio al que Paul hizo un puchero. – tienes que descansar. Vi cómo te tambaleaste hace un rato. Perdiste mucha sangre con esa herida.
Después intenté incorporarme para dejarlo a solas y que pudiera dormir, pero su brazo fuertemente asido a mi cintura me detuvo. Mi espalda y su pecho se encontraban pegados y los dos respirábamos acompasadamente, iguales. (Las sábanas solo le llegaban hasta la cintura) Me soltó brevemente para apagar la luz del velador que nos había estado alumbrando y volvió a abrazarme. Después, nos sumimos en la oscuridad.
Yo no podía dormir. Era demasiado consciente de su mano contra mi abdomen, o de su respiración tranquila y pausada en mi oído. Cuando se movía un poco y su nariz rozaba contra mi cuello, la caricia me provocaba una descarga eléctrica en todo el cuerpo. 
Una lágrima resbaló solitaria y muda por mi rostro, hasta la punta de mi nariz y calló en el edredón, siendo absorbida por él. Ya no era felicidad lo que me embargaba. Se trataba de algo muy difícil de explicar. Sentía añoranza de lo que todavía no había perdido. Miedo del porvenir, pero tampoco era capaz de disfrutar el presente. ¿Cómo lo haría jamás si tenía la cabeza abierta por mi culpa? Incluso podría haber sido peor…
Con algo de esfuerzo, logré girarme hasta que quedamos frente a frente. Ya no me incomodaba la cercanía con Paul. Por el contrario, tenerlo tan cerca me parecía una bendición. Lo contemplé largo rato mientras dormía. Llevaba una sonrisa en su rostro que marcaba sus hoyuelos, y su respiración era pausada y tranquila. Nada parecía perturbarlo.
Me mordí el labio y repasé el plan en mi mente. El avión cayéndose en las aguas, no cuando volviera a Estados Unidos, si no en mi próximo viaje a Londres, “regresando”  luego de Navidad, el 27 de diciembre.   Yo no iría en el jet privado, estaría en Los Ángeles cortándome y tiñéndome el cabello, quitándome los lentes marrones, deshaciéndome del lunar… Compraría un boleto turista para Angela Smith y me quedaría viviendo con mi padre. Él había vendido su casa a las afueras de Londres y en su lugar adquirió una residencia en un pueblo cerca y un departamento en la capital.
Llevaría una vida normal. Concurriría a la Universidad, no tendría mi teléfono colmado de números de personas famosas. Y hablando de ellas… Paul, John, George Ringo, Brian, Mary. No volvería a verlos. Es cierto que me dolería, pero sería para mejor. Paul se merece a alguien mejor que Miranda Kane. Él no sabe lo insegura que es en realidad. No sabe que por su culpa sus padres se separaron y su madre murió de estrés. No conoce cuánto sufre y lo mucho que se odia. Paul casi se muere por su culpa, por mi culpa. Entonces no lo merezco…
Me acerqué con cautela tomando una decisión repentina. Tenía dos semanas con él. Llámenme hipócrita, egoísta e incluso perra, pero las aprovecharía. Si mi objetivo en verdad era que Paul dejara de sufrir, hubiera terminado con él, o intentado alejarme. Pero era humana. Y simplemente no podía hacerlo. Deposité un beso rápido en sus labios.
No quería despertarlo, pero él abrió los ojos de todos modos. Era imposible saber si estaba realmente consciente. Me observaba como si yo fuera la cosa más maravillosa y perfecta del mundo, con la sonrisa aún plantada en su hermoso rostro.
-Te amo. –susurró. Sonreí enternecida y en mi interior se desató una batalla de sensaciones. Culpa, felicidad, ansiedad, culpa…
-También te amo, Paul. –respondí.
Puede que él no conociera a la verdadera Angie Smith, que se encontrara totalmente prendado de la farsa que era Miranda. Sin embargo, en la desesperación y adrenalina que me embargaba por lo que iba a hacer en dos semanas, solo atiné a decirle la verdad. Porque había logrado enamorarme de él.
El castaño volvió a cerrar sus hermosos ojos y continuó durmiendo, jamás sabría con certeza si lo dijo en serio, o si simplemente estaba soñando.   

domingo, 6 de mayo de 2012

Capítulo 44


Un año y medio en el futuro, Londres

-Tienes que explicarme.–era Chio. Sus ojos marrones me miraban con una mezcla de curiosidad y disgusto.
-¿Qué cosa? –me hice el desentendido. Ella había entrado a mi camarín, donde estaba esperando a la estilista, quien había ordenado un cambio de vestuario.
-No te hagas. – me retó. - ¿Por qué tuve que mentirle a John? – yo solté un suspiro. Ni siquiera entendía bien lo que estaba pasando. ¿Cómo explicárselo a ella? –Viste su cara cuando pronunciaste ese nombre. Solo vi esa expresión una vez, y te aseguro que John no era precisamente feliz en ese momento.
-Yo tampoco acabo de comprenderlo.
-¿Quién es esta chica, Paulie?- su tono era firme.
-Se llama Angela Smith, tiene diecinueve años y va a la Universidad. –evitaba mirarla a los ojos. Entonces ella se acercó a mí y no me dejó otra que hacerlo.
-¿Qué tiene que ver con John? –preguntó.
-Sinceramente no lo sé. –respondí. – El otro día me pidió que por favor no le contara de nuestra relación. No  entendí por qué me lo pedía, tampoco lo comprendo ahora. Creí que lo conocía, al igual que le resto de los chicos, por ser parte de la banda y porque Sofi habla de nosotros todo el día. –tomé aire- Pero al parecer hay algo más; no sé qué es. –repetí.
Chio se quedó pensativa unos momentos. Y de pronto su cara adoptó una mueca de asombro e incertidumbre.
-¿Dices que es la mejor amiga de Sofia, novia de Richard?
-Sí. – sus ojos ya no me miraban, sino que se encontraban clavados en la pared sobre mí, como si allí estuvieran escritas sus siguientes palabras.
-¿Y vive aquí en Londres con su padre?
-Tienen una casa en otro lugar, pero podría decirse que sí. ¿Qué es lo que te pasa, Chio?
-Shh. – me cortó. –limítate a responder. –continuaba observando como poseída y yo comenzaba a inquietarme.   
-Conoce a John de algún lado… -pronunció en vos baja, más para sí que otra cosa. -¿Alguna vez te presentó a su familia Miranda? - ¡¿Pero qué…
-Sí, conocí a su abuela materna, su madre es fallecida.
-¿Y su padre?
-Nunca lo vi. Creo que se encontraban peleados o algo. Me estás volviendo loco, Chio.
-Una más. –acepté a regañadientes. – Con toda sinceridad. ¿Se parecen?
-Sí, -suspiré- sí lo hacen.
En ese momento la mirada de mi amiga cayó de nuevo sobre mí. No sé describir cómo me miraba, pero era una especie de miedo y agitación.
-Paul- colocó una mano en mi hombro. Parecía a punto de revelar algo terrible. – creo que sé quién es Angela Smith.
Me levanté de la silla en la que estaba sentado. Camine hasta el otro extremo del recinto. Tenía los nervios de punta.
-Es una chica común y agradable que me trae loco. –declaré. – Pareces demente. Hoy, cuando dijiste lo de Julieta, pensé en Miranda, y al instante, Angie la sustituyó en mi mente. Creo que al fin he podido enamorarme de nuevo. –las lagrimas amenazaban en el rostro de mi amiga. Yo no lograba comprenderla.
-Paul… -volvió a pronunciar con ternura. – Jamás has dejado de estar enamorado.– Afirmó- Creo, estoy casi segura, de que Angela es Miranda.  
Mi primera reacción fue reírme a carcajadas.
-Escúchate. –le espeté. – el susto que te llevaste en el coche te ha afectado. ¿Angie y Miranda la misma persona? ¡Por favor! –noté en seguida algo de temor en el rostro de Chio. Sabía que estaba actuando algo así como un lunático, pero no me importó entonces. – Miranda esta muerta. ¡MUERTA! –exclamé. Hacía gestos con las manos, me costaba un horror expresarlo en voz alta. Ahora empecé a notar yo un escozor en mis ojos. – No va a volver. No puedo creer que si quiera te atrevas a considerarlo.–mi amiga continuaba observándome muda- ¿Sabes lo que eso significaría? –Ella negó una vez, yo la miré con intensidad. – Que es una mentirosa. Y que nunca me amó. Si lo que dices fuera cierto, ella me habría abandonado de la peor de las formas. –No pude evitarlo más y las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.- ¡Tendría que haber fingido su muerte! ¡Nos amábamos! nadie en el planeta estaría tan loco.
Sabía que había logrado asustar un poco a mi amiga. Era consiente de lo aguda que sonaba mi voz. Chio no se merecía que la tratara tan injustamente, pero más que nada, fueron mis sentimientos hacia esa posibilidad, por demás demente, de que ella continuara con vida.  No obstante, se acercó a mí y me abrazó. No hice nada, ni le correspondí, ni me quité.
-Lo siento mucho. –Pronunció.
-No vuelvas a repetirlo...

Capítulo 43


Presente, Londres. 

Estaba nerviosa, demasiadas emociones juntas. ¿Hace cuánto tiempo que no tenía mariposas en el estómago? De todas formas, más que eso, parecían una manada de elefantes. Me moría de ganas de ver a Paul, ese día lo mandaban a casa a descansar. No le permitían viajar hasta Holmes Chapel (su hogar) porque la herida de la cabeza podría abrirse debido a la presión del aire, en el avión. Asique tenía una semana de reposo y había decidido pasarla… conmigo.
Hacía más de dos meses que nos habíamos visto por última vez, en persona, es decir. Y yo planeaba destruirme. ¿Cómo comportarme entonces? ¿Debía ser fría y distante con él? ¿O todo lo contrario porque sería la última vez que estuviésemos juntos? No podía echarme hacia atrás ahora. ¿Verdad?
De repente comencé a escuchar un murmullo que creció hasta convertirse en gritos alocados, de chicas. Fans. Paul debería de estar en la entrada del complejo. Me froté las manos en mis calzas negras para quitar el sudor extra. Luego me levanté del sillón y estiré nerviosa la remera que tenía puesta. Caminé hacia el espejo de cuerpo que había en un rincón y me examiné por milésima vez aquel día.
 Cabello atado en una coleta desprolija en la base de la nuca, algunos mechones caían desalineados a los lados de mi rostro. Abundante maquillaje, aplicado estratégicamente para volver mis facciones algo más agudas. Ojos marrones, lunar, pelo rubio. Una remera larga que tapaba lo justo y necesario; era de color blanca, porque arriba tenía puesta una camisa a cuadros verdes seco y blancos, desprendida. Calzas negras y zapatos marrones de tipo militar, con tacón.
-Ya déjalo Randi, así estás perfecta. –declaró Johny, entrando desde la cocina. Ambos esperábamos por Paul en su casa y los demás miembros habían ido a buscarlo al hospital.
-Gracias. –dije sonriéndole a través del espejo. - ¿Cómo crees que se portará Paul cuando me vea? – el castaño me miró algo extrañado, pero luego abrió la boca, como si hubiera comprendido algo.
-¿Te refieras a si estará enojado contigo? –curioseó. Yo asentí con la cabeza y el soltó una carcajada. – Estás demente. –comentó. – Paul nos tiene harto de tanto decir lo mucho que te extraña y que se muere de ganas de verte.
-Pero es mi culpa. – logré pronunciar.
-No lo es. – me corrigió. – son cosas que a veces pasan. Por lo que yo sé, no me sorprendería si incluso hace bromas con respecto a esto. Algo así como que gracias a ese tipo, viniste antes de tiempo.  
Sentimos una llave girar en la cerradura y pegué un respingo, a lo que John solo sonrió. La puerta se abrió poco después y por ella pude divisarlo. Primero un trozo de su cabello despeinado perfectamente, seguidamente su rostro y por último su cuerpo. Una señora lo tomaba por el brazo, ella tenía el cabello lacio y negro, parecía bastante joven y traía una expresión de cansancio en el rostro. Detrás venían más personas, pero no llegué a divisar ninguna, porque en ese momento mis nuestros ojos se encontraron.
Sentí que todo lo demás se volvía blanco y negro, mientras que su imagen se llenaba de intenso color. No sé cómo describir la forma en la que me miraba. Era de una alegría demasiado inmensa. Me sentí perdida en ese océano verde que me resultó tan familiar, a pesar de que fueron pocos los días en que los había observado sin una pantalla de por medio.
-Miranda. –susurró él.
Paul se soltó del brazo de la señora y avanzó hasta mí. Me tomó fuertemente de la cintura y no hizo falta que me levantara para que yo le rodeara el cuello con los brazos. Benditos tacones. Hundió su rostro en el hueco que forma el cuello y el hombro, y lo mismo hice yo. Por unos segundos me sentí completa. Feliz. Tenía a Paul entre mis brazos, sentía sus manos firmemente ceñidas a mi cintura.  Las palabras sobraban en ese momento, era demasiado mágico… y entonces recordé que no duraría. Que solo contaba con dos semanas y después todo sería historia, porque Miranda Kane ya no existiría.
Las lágrimas comenzaron a caer silenciosas por mi mejilla, incontrolables. No fue hasta que empapé su remera cuando se dio verdadera cuenta y levantó la cabeza. Soltó una de sus manos y se separó un poco de mí. Con el dedo levantó mi barbilla y me hizo mirarlo fijo a los ojos. La habitación se encontraba estática, o yo en mi propia burbuja. Movió su dedo desde mi mentón hasta la mejilla, y con el pulgar limpió mis lágrimas. Cerró los ojos, gesto que imité, y en la negrura, sentí sus labios posarse sobre los míos. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

Capítulo 42


Un año y medio en el futuro, Londres.

-Es decir que temes que solo te guste porque te recuerda a ella. ¿Entendí bien? –consultó mi amiga.
-Es exacto lo que siento. –afirmé.
-¿Cómo dijiste que se llamaba? –consultó Johny.
-Angie.
Al instante John pegó un volantazo muy violento que casi nos causa la muerte.

-¡John! –chilló Chio, alarmada por la brusca maniobra. Tenía una mano sobre el pecho y respiraba agitadamente.
Mi amigo retomó en seguida el control del vehículo, pero noté que aún así apretaba demasiado el volante. Tanto, que los nudillos de sus manos se habían puesto blancos. Llevaba el entrecejo fruncido y la mandíbula apretada. Ni siquiera se había disculpado con nosotros, cosa que, tratándose de John, era grave.
-¿Angie, cuánto?- fue más una exigencia que una pregunta.
Entonces un recuerdo llegó a mi mente.
“No le cuentes nada a John.”
“No lo haré”.
¿Era posible que ella supiera la reacción que mi amigo tendría? Cuando le prometí que no diría nada, solo intentaba que dejara de llorar; pero ahora, de un modo retorcido, intuí que tenía razón. John no debía enterarse, al menos por el momento. Y yo le había dado mi palabra.
-¡Respóndeme, Paul! ¡Maldita sea! –fue la confirmación que necesitaba. Tenía el presentimiento de que su reacción no sería favorable, y no pensaba decirlo mientras él fuera el conductor.
-¡Young! –Solté lo primero que se me vino a la mente- Angela Young .
Chio me miró extrañada a través del espejo del auto. Ella sabía el verdadero apellido. Sus tíos vivían en el mismo lugar en que Angie tenía su casa. Un pueblo cerca de la capital. Claro que venía constantemente a Londres por la Universidad. Solía quedarse en su departamento, y, cuando su padre no estaba, en el de Sofi.
John todavía tenía el semblante serio. Si no lo conociera, pensaría que se encontraba en perfectas condiciones; pero era mi mejor amigo, y sabía distinguir cuando algo lo preocupaba tanto que alcanzaba el punto de dejarle mudo.
-¿Verdad, Chio? –La aludida me miró con ojos desorbitados. Tenía perfectamente asumida su incapacidad de mentir, tanto por ser una pésima actriz que por aborrecer la idea. No obstante, si existía alguien en el mundo en quien John confiara ciegamente, esa era su novia.
-Exacto. –dijo poco convencida. El castaño levantó una ceja. Yo le eché una mirada para que se esforzara un poco más. –La conocí cuando me quedé en lo de mis tíos. ¿Recuerdas, en la última gira nacional? –John asintió una vez. Gracias a Dios nuestra ruta estaba bastante transitada, y eso le impedía posar los ojos en Chio. Ella, si bien hablaba con voz firme, tenía las facciones bastante distorsionadas.  – Ahora vino a Londres por la Universidad, asique decidí presentarle a Paul. Me pareció que le sentaría bien una Julieta a nuestro Romeo. ¿No crees?
Me quedé estático esperando la devolución. Luego de unos segundos, John suspiró y todo su cuerpo se relajó. Esbozó una pequeña sonrisa.
-Suena estupendo. –miró a su novia, pero esta se encontraba con el rostro vuelto hacia la ventanilla. De seguro intentaba serenarse. Él la tomó de la mano. Casi pude escuchar su corazón dar un vuelco y, a pesar de que su largo cabello marrón la ocultaba, supe que sus mejillas se sonrojaron. – De todas formas no encontrarás mejor Julieta que Chio. –yo me carcajeé por lo bajo. Estos dos eran auténticos tórtolos.
-No busco una. Los dos se mueren antes de los veinte. –aclaré. Ambos soltaron una sonora carcajada.
-Entonces como los de Titanic. –la siguió John. 
-No gracias, Jack no lo logra, y detesto el frío. –rechacé.
-¿Es que ninguna termina bien? –protestó, yo reí.
-¡Bueno, ya! –nos frenó Chio. – seremos como La Sirenita y el Príncipe Eric.
El silencio se adueñó del automóvil, John y yo la mirábamos perplejos. Luego estallamos en carcajadas.
-¿Qué? –se quejó Chio, quien no estaba entendiendo del todo bien.
-Se trata un ejemplo bastante infantil, eso es todo. –le explicó su novio con ternura y le beso la mano, luego la dejó para poner las dos en el volante.
-No tiene nada de malo. –continuó ella, resentida. – Por lo menos nadie se muere en esa película.
-En realidad, -comencé- A Úrsula, la bruja mala, la asesinan; y también a la madre de Ariel.
Observé con satisfacción que su cara se teñía de rojo y cómo John hacía un esfuerzo sobrehumano para no reír. Yo, por mi parte, no aguanté las carcajadas y me gané un buen golpe por parte de mi mejor amiga.
Diez o cinco minutos más tarde llegamos al lugar donde se llevaría acabo la sesión de fotos. Mi ánimo había subido considerablemente y saqué mi teléfono para mensajear a Angie y disculparme por haberme ido así de su casa. Sin embargo, cuando vi su nombre escrito en mi pantalla, todas las dudas regresaron a mí.
La muchacha me debía una larga y extensa charla. ¿Por qué sabía que John reaccionaría mal al escuchar su nombre? Tenía que conocerlo de otro lugar, sino, ¿Con qué razonamiento me había pedido que no le contara nada? Al fin y al cabo, le había mentido a mi mejor amigo, y eso era algo que detestaba hacer.
Mis dudas sobre su parecido con Miranda decidí dejarlas atrás. No era su culpa si se compartían algunas características. Como había dicho Johny, jamás lograría olvidarla, y tendría que aprender que Angie no era Miranda.    
Saludé a los chicos en cuanto llegamos. Luego ingresamos al interior y nos tomaron las fotos. Admito que me divertía con las sesiones. Por lo general trabajábamos con algunos materiales extra y resultaban muy divertidas. En uno de los descansos, pregunté:
-¿Tienen planes para esta noche?
-Saben que me encanta salir con ustedes chicos… pero… yo…- era George. Se le notaba bastante nervioso y apenado.
-Vino Mary. –afirmé. Él asintió.
-Lo siento.
-Yo no. –declaró Ringo. Todos lo observamos extrañados. Él soltó una de sus típicas carcajadas. – Dios, debieron ver sus caras. –comentó. – Lo cierto es que le he prometido una cita romántica a Sofi esta noche y… perdón, pero no lo siento.
Esa vez fue nuestro turno de reír, y John, que estaba cerca, le propinó un golpe suave en el hombro.
-Chio y yo hemos quedado. –anunció John. “¿Y cuándo no?” me pregunté internamente.
La verdad era que hace mucho no salíamos juntos o pasábamos una noche los cinco solos. Desde que habíamos abandonado el complejo donde vivíamos todos juntos en un principio, de hecho.  Intercambié una mirada con Cho, quien me entendió perfectamente. 
Volvieron a llamarnos para continuar con las fotos. Me detuve un momento y una brillante idea me iluminó. El norteamericano estaba parando unos días aquí en Londres y recordé a la amiga de Angie. Y puesto a que no tenía nada que hacer esa noche, lo llamé.
-Nosotros dos, y unas amigas. ¿Te parece?–Dije al teléfono luego de una charla divagando. Pareció satisfecho, aunque tratándose de él nunca se sabía, su carácter misterioso y retorcido no lo permitía.
-Nombres. –exigió.
-Angela y Candy.
-Deduzco que Angela es tuya ya que la mencionaste primero.
-Deduces bien, amigo. ¿Entonces? –consulté.
-Cuenta conmigo. Candy suena bien.

domingo, 29 de abril de 2012

Bueno, estoy empezando a escribir una novela nueva así que pasen a leer y si les gusta dejenme un comentario para aparecer :)


The Otherside of Liverpool Fic