jueves, 9 de agosto de 2012

Capítulo 53


Paul.

Toqué la puerta y esperé unos segundos.  Un “¡Pase!” se escuchó del otro lado. Abrí con suma delicadeza y la observé;  no pude evitar quedarme mirándola como tonto. Una línea bajaba desde la punta de su ceja izquierda casi hasta la comisura de su labio. En la frente, del extremo derecho, también tenía un corte, pero era más pequeño. Varios moretones le ocupaban el rostro, y algunos más se veían en sus brazos.   Sentí que la garganta se me secaba de repente y tragué saliva.

-No seas tonto Paulie, estoy bien. –Dijo Chio al ver que  yo no pronunciaba palabra alguna.-Ven, siéntate. –me pidió palmeando un espacio en su gran cama de hospital y asiéndose a un lado. Sus ojos expresaban la sonrisa que no podía representar.

-Te ves horrible. –fue lo primero que salió de mi boca. Ella hizo una mueca de disgusto aunque le causó algo de gracia que mis primeras palabras hacia ella fueran esas.

-Los moretones se irán y las cicatrices a penas serán visibles. –explicó. – Y tú tampoco te ves para nada bien. –Agregó. Yo sonreí ante el comentario y me acerqué. Como me había indicado, ocupé mi lugar. Los dos nos estiramos en la cama y pasé una mano por sus hombros, así podía apoyar la cabeza en mi brazo. –Oh, alguien ha estado haciendo ejercicio. –comentó. No pude evitar reír ante su ocurrencia. 

-Un montón. –ironicé. –De hecho, George ha sido un profesor sin igual.

Los dos soltamos una carcajada. Era tan familiar para mí estar así con ella. Chio era lo mismo que tener otra hermana. Y yo era el hermano que nunca tuvo.

-¿Recuerdas cuando jugamos a que éramos duendes, de pequeños? –le pregunté, remontándome a nuestra infancia, tan distinta de mi presente. Ella volvió a reír.

-¡¿Cómo olvidarlo?! Tu siempre eras los monstruitos y yo la que debía capturarlos. –Suspiró, aparentemente enternecida- ¿Y aquella vez cuando hicimos ese pastel de chocolate?

-¡Cuando le manchamos la cocina a la tía Grace! –rememoré riendo.

-Sí… después tuvimos que limpiarlo todo. – comentó. Yo asentí.

-Incluso nos hizo refregar entre los azulejos con cepillos de dientes.

-¡Tienes razón! Había olvidado eso. –se extrañó.

-Créeme que yo no. Es el día de hoy que voy al baño y tiemblo antes de limpiarme la boca. –confesé. Ella rió aún más fuerte. Si había algo que Chio tenía de especial, era su risa, y lo fácil que era provocarla.

-¡Para ya! –exigió divertida. – Me haces doler.

-Lo siento. –me disculpé. De repente, cualquier rastro de alegría se había desvanecido de mi voz.

-¿Paul? – se inquietó la castaña y se puso de costado, apoyándose con el codo,  para poder ver mi expresión. - ¿Te encuentras bien?

Mi mirada continuaba clavada en el techo, y me seño se había fruncido.

-¿No te gustaría que las cosas volvieran a ser como cuando teníamos diez años? –consulté, deseando fervientemente que así fuera.

-¿Y vivir la secundaria otra vez? Ni muerta. –respondió, con una mueca de desagrado que no me pasó desapercibida.

-No me refiero a eso. –Intenté, tratando de encontrar las palabras correctas para expresarme.- ¿No desearías que las cosas fueran tan fáciles como entonces? Sin problemas, ni complicaciones, ni accidentes, ni corazones rotos…

-Ohh, Paulie. –dijo ella incorporándose en la cama para que pudiera verla bien, aunque fuera desde abajo. – Sé que es difícil –aclaró, entendiendo rápidamente el quid de la cuestión. – Ya es bastante malo que Miranda fuera Angela, encima, que hayan terminado (sí, Olivia me lo contó) y, para rematarlo, el accidente.

-Y tu punto es…- la apuré. No tenía ganas de escuchar lo horrible que mi vida era.

-Siempre puedes aprender de los errores.

-Sí- comencé sarcástico- es una gran lección. No te escabullas cuando lleve porque puede que tu  mejor amigo se muera en el hospital. –Chio me golpeó el brazo, enfadada.

-No digas eso, John sigue con vida. – Después cerró los ojos y masajeó sus sienes para calmarse.- Tienes razón, lo que nos ha tocado vivir es un verdadera mierda. –confirmó.Pero pasó por algo. Tal vez necesitabas darte cuenta de un par de cosas o… no lo sé. El punto es que sucedió. Y ahora debes lidiar con ello.

-Es que no entiendo por qué. –susurré, la rabia me carcomía. - ¡¿Por qué justo después de enterarme la verdad?! ¡¿Es que con eso no era suficiente?! –exploté.

-Así no llegarás a ningún lado. –dijo calmada. – Deja de preguntarte cuál es la razón. Empieza a hacer algo al respecto. Permítete tener un poco de esperanza. –Nos miramos a los ojos. Los de ella, marrón oscuro, se mostraban imperturbables. – A mí no me gustaría volver en el tiempo. –Expresó.- Imagínate si jamás hubieras conocido a John, no podrías habérmelo presentado.

-No tendríamos que estar sufriendo por su vida, porque jamás habría conocido a Angela. –afirmé con amargura.

-Sé que es duro ser positivo cuando todo se ve mal, pero ¡Paul, por favor!  ¡No digas tonterías! Esa chica te ha enseñado lo que es amar. El arma más poderosa del universo. Ahora no es bueno, pero la lección que sacaremos de aquí es valiosísima. –Me miraba con intensidad, oh vaya que estaba encendida- Todo lo que sufrimos hoy, nos lo recompensarán mañana.  Esta experiencia me ha ayudado a darme cuenta de que él es el chico al que siempre querré a mi lado. Y tal vez a ti, por el contrario, te esté diciendo que es momento de pasar un tiempo a solas. –Iba a protestar, pero ella no me dejó- Y no, no me refiero al año que pasaste deprimido por la muerte de Miranda. Creo que deberías reencontrar al verdadero Paul McCartney.- ofreció.  

-¿Y cómo hago eso? –consulté, totalmente desorientado ante la nueva tarea que caía sobre mis hombros.

-Para empezar, desecha ese pensamiento de odio que le tienes a Angela.

-¿De qué hablas? Yo no...

-Paul.-me advirtió. Solté un suspiro, resignado. -Ni tú ni ella tienen la culpa de lo que nos pasó. ¿Me entiendes? 

-Sí, pero-

-A-a. –Volvió a silenciarme moviendo su dedo índice hacia los lados- No te pido que vuelvas a estar con ella ni nada parecido. Perdónala. Todos cometemos errores, y como acabo de decirte, aprendemos de ellos. 

-¡No entiendes lo que significa para mí! ¡Me mintió, y prácticamente a todo el planeta!

-Está bien, algunos cometen errores muy grandes, -reconsideró- pero también aprenden mucho más.

-Chio…-volví a intentar. Lo que me pedía era ridículo. ¿Después de lo que había hecho?

-Hazme caso. –ordenó, pero con tono dulce. – Te sentirás mejor.
Llevé las manos a mi frente y me peiné y despeiné las cejas para intentar pensar con claridad. Cerré los ojos. Concentré todo mi ser en la imagen de Angela. En su cabello corto y oscuro, su sonrisa radiante y sus ojos claros.

¿Verdaderamente podía odiarla? “No”.

¿Continuaba perdidamente enamorado de ella? “Tampoco”.

 Unos golpes se escucharon en la puerta. Chio volvió a indicar que pasaran. Era Olivia y se encontraba muy agitada, su rostro se había colorado como siempre que corría.

-Lamento interrumpir, chicos. –se disculpó. Luego las comisuras de sus labios se elevaron en una sonrisa. –Creí que querrían saber… John acaba de despertar. 

-Bromeas. –la acusé.

-¿De verdad crees que soy tan insensata? –se molestó mi hermana, con un poco de razón.

-¿Mi Johny? –pregunté, afinando el tono de mi voz ligeramente.

-¡Sí, brocolí! –contestó cambiando el sonido de la palabra para que rimarse, rodando los ojos. (Y de paso para burlarse de mi cabello).

Miré a Chio, tenía lágrimas en los ojos y se tapaba la boca con las manos. Me senté en la cama, la abracé y le acaricié la espalda.

-Ya está bien, se despertó. –le susurré en oído, para calmarla. Ella asintió con la cabeza, podía escuchar los sutiles gemidos que salían de su boca. Miré a Olivia a los ojos, indicándole que se quedara con ella. Mi hermana aceptó en seguida y cambiamos lugares.

-Le daré un beso de parte tuya. ¿Quieres? –la consolé.

-Que no... que no sea en la boca. –dijo entrecortadamente. Yo solté una carcajada y las chicas me igualaron. Sentía que la felicidad se inflaba como un globo dentro de mí. Al fin.

A penas hube cerrado la puerta, comencé a correr por los pasillos. Tuve que esquivar varias enfermeras que resoplaron molestas y alguna que otra camilla, pero no me encontré más obstáculos. Fui desacelerando a medida que me acercaba a la parte de terapia. ¿Y si había vuelto a desmayarse? ¿Y si me daba impresión al verlo allí, todo lastimado? Y… ¿Y si Angela estaba con él?

Respiré hondo una vez parado frente a la entrada del pasillo. Cuando me consideré más relajado, abrí la puerta vidriada y me sorprendió no encontrarme alguno de mis amigos sentados en las sillas. Por lo general, siempre había alguien que se quedaba.

Busqué con la mirada y localicé a una enfermera con su vestuario azul. Me acerqué hasta ella y le pregunté por mi mejor amigo. La muchacha me comentó que lo habían trasladado a otra habitación, tres pisos por encima. Le agradecí y me alejé por donde había venido.

<<Olivia podría haberme comentado lo del cambio, pequeño detallito>> pensé con ironía.  Me peiné varias veces el cabello porque ese gesto me ayudaba a calmarme. Seguí muy aprisa las indicaciones de la mujer y en pocos minutos me encontré en otro extenso corredor. Como a la mitad estaban los chicos. Incluso desde la distancia, podía notar sus rostros expectantes y llenos de temor al mismo tiempo; seguramente, así estaría el mío también.

-¿Ya lo han visto?-los interrogué al llegar junto a ellos, un poco agitado por todas las corridas. George, Ringo y Brian negaron con la cabeza.

-Te estábamos esperando. –me aclaró el baterista. Yo sonreí y ellos también. Recién entonces noté que George se encontraba en silla de ruedas.

-Ni le hagas caso- me advirtió. Volví a sonreír.

La puerta de la habitación de John se abrió y por ella salió su familia, Mimi, con los ojos algo llorosos.  

-Es su turno, chicos. –nos invitó, y a pesar de todo el cansancio que dominaba su rostro, nos sonrió llena de júbilo.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

sábado, 4 de agosto de 2012

Capítulo 52


Angela.

Tres días.
Tres días  desde el accidente. Tres días desde que Paul me besó. Tres días de John estando inconsciente.
En fin… los peores tres días de toda mi existencia.

Me levanté temprano con el primer pitido de la alarma. Últimamente no dormía mucho –si es que dormía-. Tomé lo primero que encontré en mi guardarropa y atravesé el pasillo hacia la cocina. Cuando entré, evité quedarme demasiado tiempo observando el lugar. Me traía muchísimos recuerdos de Paul, y todavía no me sentía emocionalmente lista para afrontarlo.
-Aquí tienes el café, linda. – me dijo mi padre tendiéndome la humeante taza.
Luego le echó una mirada al sillón, como incitándome a que me sentara con él. Se me acaba el tiempo, quería llegar cuanto antes al hospital y enterarme algo más sobre el estado de John. Pero Greg me miró con esos ojos penetrantes tan suyos, y terminé por aceptar, a regañadientes.   
-¿Qué pasa, papá? –pregunté con el tono más amable al que pude recurrir.
-¿Cómo estás?-replicó él, con su voz grave y pausada característica.
-Mal, me siento horrible. –respondí rápidamente, evitando mirarlo demasiado fijo. - ¿Ya me puedo ir?
-Mira hija, solo quiero que sepas algo. –me aclaró. – prometo que no demoraré mucho tiempo. –suplicó. Se daba perfecta cuenta de mis intenciones. Yo largué un suspiro.
-Está bien, continúa. –lo dejé. Él se acomodó más en su lugar. Conocía esa pose, no sería una charla para nada corta, me temí.
-Cuando te mudaste conmigo, llegaste emocionalmente desecha. –comenzó. ¿En serio? ¿Teníamos que hablar de ello justo ahora? – Lo dejé correr porque atribuí todo al gran cambio que estabas haciendo. –asentí. No veía a dónde pretendía llegar. – Pero el tiempo pasó y pasó, y yo te observé. Me di cuenta, porque soy tu padre y te conozco, de que no te sentías bien. –Sus últimas palabras me obligaron a concentrarme en él. Mi padre no era un tipo muy abierto, y yo creía haber hecho un excelente trabajo como actriz. Al parecer, no había logrado engañarlo. Porque era cierto, nada había sido feliz a mi regreso.- Reconozco que comenzaste la universidad, y te hiciste unos cuantos amigos;-me permitió- sin embargo, no habías vuelto a ser mi Angela. –tomó algo de aire. Si continuaba por este camino, no estaba segura de cuál sería mi reacción. – El día que  atravesé esa puerta, –dijo con más pasión, clavando su mirada en nuestra entrada momentáneamente – y encontré a Paul sentado en este mismo sillón, te recuperé. –Afirmó. Yo solo sentía ese nudo tan familiar formarse lentamente en mi garganta.–La forma en que gritaste su nombre cuando entraste en la sala, o tu manera de tratarlo durante la comida, me lo dejó bien en claro.-se quedó unos segundos en silencio- Siempre se trató de Paul. ¿Verdad? –preguntó.
Yo era incapaz de decir algo. Comencé a asentir rápidamente con la cabeza al tiempo que depositaba la tasa sobre la mesita y me cubría el rostro con las manos. Y las lágrimas volvieron a salir. Greg me abrazó y me consoló como sólo saben hacerlos los padres. Frotando suavemente mi espalda y dejándome empapar su hombro. Entre sollozo y sollozo, le relaté todo lo que había pasado; a medida que avanzaba con el relato, él me abrazaba más fuerte.
-Te voy a dar un consejo. –susurró con su voz calma en mi oído. – Cuando no sepas qué hacer-lo consideró un momento- o quién ser, compórtate como lo haces con Paul.
-No lo entiendo. –murmuré. A penas sí podía hablar bien.
-En este momento, hija. –Aclaró- él es a quien más quieres en este mundo.  ¿No es así?
-Sí, sí lo es. –afirme. Por lo menos algo de lo que estaba segura.
-Para mí, esa persona eres tú. –confesó. Este hombre realmente quería que llorara. ¿De dónde había salido tanta sinceridad afectuosa? Decidí no pensar en ello, me hallaba agradecida de que me la expresara. – Cuando estoy en duda, y no sé cómo actuar, pienso en ti. En lo que haría si fueras tú la que estuviera frente a mí. –Esa vez fue Greg el del suspiro- O tu madre.
-¡Pero, papá! –Me apené.- Todo lo que he sido solo sirvió para lastimar a Paul.
-Angie, tú lo enamoraste dos veces. Algo que, si me permites, nunca pude hacer con mi ex-esposa.
-¡Ese es el problema! –me exasperé, e incorporándome me sequé las lagrimas y lo miré a los ojos. – ¡Miranda o Angela! ¡Angela o Miranda! Por más que trate y trate, ¡nunca podré deshacerme por completo de la rubia Kane!
-Exacto. –me respondió, y sus ojos comenzaron a brillar. – Hija, no tienes que escoger. -Expresó adquiriendo cada vez un tono más emocionado-Puedes simplemente ser lo mejor de ambas.-me explicó-  No eres dos personas. Elijas el nombre que elijas, las llevas en tu sangre, en tu ser.  Es tu esencia la que importa- dijo llevando una de sus manos a mi corazón- lo que vive aquí.
Entonces, en ese preciso instante, unas palabras que había escuchado hacía mucho tiempo vinieron a mi memoria:
“Un nombre no define quién eres; si no lo que llevas dentro.”
Por fin pude comprender lo que John había intentado decirme aquel día, cuando corrí de Paul, la primera vez que nos besamos. Y también entendía lo que mi padre acababa de decirme.
Paul McCartney, lo tuviera conmigo o no, me hacía ser yo misma. Y esa persona  se llamaba Angela. No la había elegido, no la había inventado o interpretado, simplemente… era yo.
Volví a abrazar a mi padre muy fuerte. Le debía tanto… Sentí cómo de apoco la esperanza renacía en mí. Tenía que ir a ver a John, agradecerle aunque no pudiera escucharme. Él siempre lo había sabido, todo el tiempo.
-Será mejor que me vaya. –anuncié, y luego le di un beso en la mejilla. Me puse de pie y él también se incorporó.
-Déjame que te alcanzo. –propuso.

Entré como una bala al hospital. Ray, la anciana enfermera del mostrador, me había abierto la puerta trasera. Era imposible ingresar por adelante, todo se encontraba lleno de paparazis, fans gritonas o llorosas, y curiosos maleducados.  
-¿Cómo se encuentra? –pregunté luego de saludarla con un beso en la mejilla.
-Mejor. –dijo. Parecía que mi día se ponía cada vez más bueno. – todavía no se sabe demasiado, pero los médicos continúan testándolo y pareciera que ya han descartado unas cuantas opciones feas. –comentó. Supongo que la cara que puse en ese instante debió de satisfacerla, pues la mujer me sonrió con ternura.
-¡Gracias! – le dije, abrazándola y tomándola por sorpresa. Ella me dejó unos segundos, hasta que me quité.
-¡Pero si yo nada he hecho! – respondió, todavía sonriente.
-Claro que sí. –la contradije. –me has dado una buena noticia. –luego me quedé pensativa.–no he recibido muchas de esas últimamente.
-Entonces me alegro mucho, Angie. –concluyó. Fue mi turno de sonreír.
Caminamos juntas hasta el mostrador, donde ella retomó su puesto habitual. Yo seguí de largo y me dirigí al comedor.  Al final, con toda la charla emotiva de Greg, mi café se había quedado olvidado sobre la mesita, por lo que tenía hambre.
Compré un par de cosas y le eché una mirada al lugar. Este era bastante amplio y tenía muchas mesas cuadradas para los pacientes y sus visitas. Mi mirada reparó en una en particular, donde estaba asentada una pareja. Él se encontraba en silla de ruedas y ella colocada a pocos centímetros de distancia. Parecían estar pasándola muy bien. ¿También lo sabrían? Me pregunté. Supuse que sí, teniendo en cuenta que ellos iban con John en al auto. Me acerqué con pasos dubitativos. No sabría cómo iban a reaccionar.
-Ehh.. –comencé igual que una idiota cuando al final me decidí por hablarles. - ¿Les molesta si me siento?
Ambos se quedaron observándome. George, a mi parecer, intentaba deducir quién era. Marianne, por el contrario, se había quedado estática. Me preocupó que dejara de respirar.
-Oh por Dios. –fue lo primero que dijo, una vez recuperada la movilidad. –De verdad eres tú. – su novio la observó con extrañeza, pero bastó una mirada para que comprendiera las cosas y adoptara una expresión extraña. Yo nunca había hablado con ninguno de los dos como la verdadera Angela.
Mary se levantó de su silla. LLevaba unos pantalones holgados color gris y una simple camiseta negra. Sus cabello castaño se los había atado con una coleta, lucía mucho má largos que la última vez que nos vimos. En los pies, converse. <<Intentará no llamar la atención>> pensé.
La muchacha  se acercó a mí y me abrazó. Al principio no me lo creía, pero poco a poco fui dándome cuenta y también la rodeé con mis brazos. Olía un poco como a cigarrillo, pero el aroma de su colonia lo compensaba.
-Te extrañé, tonta. –susurró. – No vuelvas a asustarme de ese modo, Angie.
En vez del reencuentro con una amiga que creías muerta, parecía que solo volviera de un viaje no avisado. Mary era genial. Aceptaba a las personas tal y como eran. Sin prejuicios ni complicaciones. Me maravilló la forma en la que pronunció mi nombre, como si toda la vida me hubiera dicho así.
-George, esta es Angela. –nos presentó. Él se movió un poco para extenderme la mano y yo me encogí al ver su pierna enyesada, por mi culpa. <<No empieces de nuevo>> me advertí, intenté sonreír un poco y tomé su palma extendida.
-Mucho gusto, aunque me parece que ya nos conocíamos. –dije. El asintió, no aparentaba estar del todo convencido. Supongo que la situación debía de resultarle bastante rara.
-¿Miranda? –consultó.
-La misma. –una extraña sensación me recorrió de arriba abajo en ese momento. Se sentía muy bien admitirlo por fin.
-Pero…
-Es una larga  historia. –medio lo corté. Me encontraba mejor, sí. Pero tampoco para tanto.
-Los nombres solo son palabras. –comentó Mary. - ¿Sabían que en verdad me llamo Ayleen?
George y yo la miramos estupefactos. Ella comenzó a reír.

Pasé allí el resto de la mañana. Se estaba tranquilo en ese lugar. Sola una cosa me inquietaba y creaba incertidumbre y tenía nombre y apellido: James Paul McCartney. 

viernes, 3 de agosto de 2012


Gentee acá está el primer capítulo del fic nuevo, los que me pidieron de aparecer ya están, así que si tienen ganas pasen 

http://cantbuymelovethebeatlesfic.blogspot.com.ar/

Capítulo 51


Harry.

<< ¡Para, idiota, para! ¡¿Qué se supone que estás haciendo?!>>
La amas, la odias; la odias, la amas.
Superado. Así había terminado yo. Completamente superado por la situación. John, mi mejor amigo, casi mi hermano… ¿Saldría de esta? El doctor poco había dicho, y por el aspecto que tenía cuando lo ingresaron en el hospital… bueno, sinceramente no sabía qué esperar. Estaba tan… diferente. Ni siquiera puedo describirlo. Él simplemente no era Johny.
Chio, George, Mary… ¡¿Por qué mierda tenían todos que sufrir?!  ¿Acaso con lo emocionalmente perturbado que me hallaba yo, no era suficiente? Las marcas en el rostro de mi amiga serían un bonito recordatorio de lo estúpido que fui al huir de mis problemas. ¡Qué ironía! ¿Acaso no era de eso por lo que culpaba a Angela?  ¿De no afrontar las cosas, de salir corriendo? Pues me había ido yo. Y John salió a buscarme, pasó por lo de George a ver si tenían alguna noticia, entonces ellos se sumaron. Me vieron ahí sentado en el barandal, resbalando, y creyeron que iba a tirarme. John apretó el acelerador…

 El resto es historia, terminamos en el hospital.

¿Y qué había hecho yo? La cosa más humana y egoísta del mundo. Intentaba sentirme mejor. Fui directo hacia la única persona que no me daba pena en ese instante. La única que podría llegar a tener tanta culpa como yo. La única que no me daría un “no” por respuesta. Angela.
El tiempo había pasado tan lento. La espera se me había hecho interminable. Olivia llegó y fui a buscarla. Solo verla a los ojos me deprimía. Observar a mi hermana llorando, esa chica tan fuerte. Y todo por mi culpa.
Volvimos, entonces la vi. Su cabello oscuro empapado por la lluvia, sus ojos claros brillando bajo la extraña luz de los hospitales. Experimenté una especie de flash-back y de repente era como si estuviéramos en la piscina. Hace ya casi dos años, cuando la besé por primera vez. Su cabello claro que se había vuelto oscuro, y sus ojos negros que de pronto eran claros. Dejé que Olivia fuera  a sentarse. Me acerqué a ella y la muchacha se levantó. Lo único que veía era el recuerdo. Confundía las venas rojas de sus ojos a causa del llanto y creía que era por el cloro. Sentí sus manos tomando mis antebrazos y la apegué más a mí. Mis labios capturaron los suyos y mi corazón se aceleró. Era como volver a casa después de una larga y agotadora gira. Anhelaba sentirme bien. Una pizca de felicidad.
Y entonces la burbuja se rompió…
  << ¡Para, idiota, para! ¡¿Qué se supone que estás haciendo?!>>
Me separé de ella bruscamente. No podía creer lo mal que estaba comportándome. Quité sus manos de alrededor de mi cuello y las dejé a sus costados. Angela me observó confundida, y bastante dolida a decir verdad. Cerré los ojos para concentrarme, estar tan cerca de sus labios no me dejaba pensar bien.
Me giré despacio y abandoné el pasillo. Mi cabello y mis ropas todavía se hallaban bastante húmedas, pero habían pasado como cuatro horas desde el choque, asique no era que chorreara agua. Me dirigí hasta  la recepción. Pasé rápido la mirada por la vieja enfermera del mostrador y seguí de lado. Allí continuaban muchísimas personas apiñándose por entrar.
Se podían avistar diversos carteles que sostenían unas fans, la mayoría arruinados por las gotas de agua. También paparazis, con sus cámaras y micrófonos. De seguro todos ellos esperaban saber algo sobre John. Comencé a imaginarme los posibles títulos que ya andarían por los noticiosos. “Fatídico choque de The Beatles”. “Paul McCartney intenta suicidarse”. “John Lennon, ¿Vivo o muerto?” “Marianne Johnson y su novio George Harrison, atrapados en el accidente” y así podría seguir inventando muchos más. Sacudí mi cabeza hacia los lados y acomodé mi cabello. Al instante el volumen de la multitud pareció aumentar afuera. De seguro me habían visto.
Me acerqué a uno de nuestros guardaespaldas que estaba por allí cuidando que nadie que no estuviera físicamente herido ingresara. Le pedí si podía sacar a la gente de allí, supuse que a los pacientes no les haría mucha gracia. También lo comenté si podía decirle a alguien que George, Mary y Chio ya estaban fuera de peligro. Él dijo que haría todo lo posible.
Volví a alejarme y me puse a deambular por los pasillos. Consideré un par de veces volver a alguna de las habitaciones que ocupaban mis amigos, pero no estaba con ánimos para hacerlo. Me limité a caminar. Eran alrededor de las cuatro de la madrugada, y yo no tenía una sola pizca de sueño.
Luego de un rato, me metí por un ascensor y llegué hasta el piso más alto del edificio. Al final del corredor, había un gran ventanal desde donde podía avistarse parte de la ciudad. No reparé en los profundos ojos azules contemplándolo todo en un primer momento.
-Hola, Paul. –saludó Ringo. Me sobresalté un poco; como dije, no venía muy concentrado.
-Hola. –respondí vagamente. 
-¿Quieres sentarte? – me ofreció, señalando con la cabeza la silla vacía que había a su lado.
-Seguro.
Nos quedamos varios minutos en silencio. Nuestras miradas fijas en el exterior. Londres de noche era bonita, lástima que los últimos sucesos no me dejaban apreciarlo. No podía creer que apenas esa mañana le había pedido a Angela que fuera mi novia, parecía que eso hubiera pasado hacía tanto tiempo…
 Me acomodé un poco en el asiento y observé a Richard fijamente. No aparentaba haber estado llorando, pero sí una mueca extraña se había hecho con sus facciones. En general, era un chico bastante sensible, tal vez perteneciera a esa clase de personas que no pueden llorar en situaciones como ésta.  Parecía profundamente disgustado. Entre sus manos sostenía lo que aparentaba ser un papel un tanto arrugado.
-¿Y Sofi? –pregunté, como para hablar de algo.
-Se ha ido hace rato a informar al papá de Angela que ella está aquí y está bien.
-Oh… -Pensé en Greg, en lo buen tipo que era. Recordé su extraña actitud cuando nos conocimos. Como él había pasado de querer estrangularme por estar semidesnudo en su sala, a tratarme bien e invitarme a cenar a penas un segundo después de escuchar mi nombre. ¿Por qué lo habría hecho?
-¿Tú cómo estás? –indagó el baterista, sacándome de mis pensamientos;  estaba claro que no era solo continuar la charla. Ringo era puntual, y sabía que se refería a la noticia de Angela.
- Horrible. –respondí sincero. El esbozó una sonrisa.
-También yo.
-Supongo que enterarte que alguien a quien creías conocer, es en verdad otra persona… no es lo más divertido del mundo. –comenté sarcásticamente.
-Puede ser… De todas formas creí que la habías perdonado. –unos cuantos segundos silenciosos siguieron sus palabras.
-¿De verdad? –me asombré. - ¿Por qué?-Ringo se encogió de hombros y continuó jugueteando con el papel. Todavía mirando al frente.
-Bueno, supongo que a juzgar por el besazo que le diste allá, pensé que se habrían reconciliado. – Yo sacudí la cabeza en señal negativa.
-No sé qué hacer, me siento usado y traicionado. 
Otra vez el silencio nos envolvió. Prestándole atención al muchacho, me di cuenta de que no sólo fijaba la vista en el paisaje, sino que también leía y modulaba las palabras escritas en el papel, sin hacer ruido. Luego de un rato, dejó de interesarme. Pero entonces Ringo volvió a hablar.
-No es tu culpa. ¿Lo sabes, verdad? – me quedé mudo. ¿Cómo se suponía que yo respondiera? Por supuesto que me sentía responsable; después de todo, si yo no hubiera escapado así… - John nos llamó a todos en la tarde, creo que ya te lo habían contado, eso de que salimos a buscarte y chocaron porque él creyó que ibas a tratar de matarte o algo parecido. –Asentí con la cabeza, no me salía la voz. – Pero me parece que nadie te dijo lo emocionado que se lo veía por saber que Miranda se hallaba con vida. –Me quedé perplejo. ¿De qué hablaba este chico? – Cuando nos contó a todos, se le notaba la felicidad, aunque estuviera preocupado por ti. Yo también me enojé mucho, Paulie. Sofi no había sido mucho mejor que Angela en eso de mentir.
-Pero tu novia lo hacía por lealtad, no tenía otra salida. –repliqué.
-Sí, lo sé. Brian me ayudó a entenderlo. –de repente abandonó su postura recta en la silla, y se volteó para mirarme. – ¿Te das cuenta… - comenzó en un tono bajo y con cautela- de que las dos chicas que alguna vez amaste, están ahí? Me refiero a que sufriste mucho cuando “murió” – (sí, el baterista hizo las comillas con los dedos)- Miranda, pero ahora la tienes de nuevo, y a la vez a Angela.
-No te sigo, Niall. –Contesté.- Para mí son como dos persona completamente diferentes. Ella lo quiso así.
-Eso no es del todo verdad. Nadie puede dejar de ser quién es en realidad. –tomó aire, y su mirada se clavó mas en mí. – Vale, tal vez Angela haya tenido unos cuantos problemas de personalidad, pero al fin y al cabo, es la misma. Cuando en verdad se encuentre, terminará por ser una perfecta mezcla entre ambas.
-¿Tu lo crees?
-Seguro. –afirmó. ¿Lo creía yo? ¿Me gustaría algo así?
-¿Puedo hacerte una pregunta?
-Dos. –respondió mi amigo. Ese viejo chiste, el que se refiera a que ya me gasté mi pregunta pidiendo por ella, entonces tengo otra más. –aunque no esto lo importante-
-¿Qué es lo que tienes ahí? – Ringo bajó la mirada a sus manos, hasta el papel y un collar. Sonrío y se encogió de hombros.
-La verdad no lo sé muy bien. Bueno, Brian dijo que es un “Rosario”.
-¿Y él te lo dio? – me extrañé. Sabía que un Rosario tenía que ver con Dios y que Epstein solía pensar en Él en situaciones difíciles… ¿Pero, Ringo?
-No. Cuando acompañé a Sofi para que saliera, me quedé platicando con la señora del mostrador. Le conté que estaba muy asustado por John. –Asentí para que supiera que lo seguía- entonces ella me dijo que cuando tenía miedo, le rezaba a la Madre María. Me anotó las palabras que debería decir y me las entregó. Me aconsejó que le pidiera por John.
-¿Eso es lo que hacías, rezar? –pregunté. Quería dejarlo en claro. Que yo supiera, Ringo no era un chico religioso. Es decir, ninguno de nosotros lo éramos realmente. El muchacho asintió, luego sonrió.
-No sé si sirve de algo en realidad, -dijo encogiéndose de hombros nuevamente- pero tengo miedo, Paul. Por lo menos esto me ha ayudado a mantenerme concentrado;  y si por casualidad, en serio hay una Madre María que pueda ayudar a John, me gustaría mucho que lo hiciera.

''Mother Mary'' pensé y volví a guardar silencio, sopesando sus palabras.  Solo quería que todo estuviera bien.

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Acá tienen una creación alternativa para ''Let it be'' jaja Que dramático se está poniendo esto! No se olviden de comentar mis muchachitos preciosos (?)

jueves, 2 de agosto de 2012

Capítulo 50 (omg!)


Angela.

-John Lennon. –le dije a la señora del mostrador con un tono de impaciencia, y no de buen modo que digamos.
Las emociones se mezclaban en mi interior. Me hallaba atemorizada, horrorizada, triste, lastimada e impaciente. ¿Qué le habría pasado a mi mejor amigo? ¿Cuál había sido la intensidad del choque? ¿Se recuperaría? ¿Aún… aún estaba con vida?
Ella me miró fijo, y sus labios se estiraron en una mueca de desdén. Me encontraba mojada de pies a cabeza, gotas de agua caían de las puntas de mis cabellos oscuros. Agradecí vestir tanto una campera como botas impermeables (así no sentía frío y mi piel continuaba seca), pero la mujer se fijaba en la trayectoria de charcos irregulares detrás de mí.
-¿Podría decirme si está bien? –consulté molesta ante su rotundo silencio. Ni siquiera se había fijado en sus papeles. No apartó la mirada. En cambio, sus ojos se posaron detrás de mí, donde la entrada del hospital era asechada por quién sabe cuántas decenas de paparazis.–Mire, no quiero ser grosera, pero no me encuentro en mis mejores días.-Solté.- Mi novio acaba de dejarme porque descubrió que soy una maldita mentirosa, y atropellaron a mi mejor amigo por ir a buscarlo.-notaba la tención recorrer mi cuerpo, las puntas de los dedos se me habían puesto blancas de la fuerza que imprimía en el mostrador- Necesito saber si volveré a verlo. –terminé, rogando porque dijera algo.
La mujer volvió a evaluarme con la mirada. Yo no sabía si pegarle una buena piña o ponerme a llorar. Tarde o temprano, terminaría quebrándome de alguna manera.-y parecía que sería temprano-
Pasaron unos cuantos segundos más en los que nos miramos a los ojos. Los suyos eran negros y bien profundos, al igual que su piel arrugada. Si la observabas con atención, podrías notar que era la cara de una guerrera, incluso con su horripilante atuendo de hospital. De repente se me antojó muy familiar.  
-Se lo suplico…- intenté, desesperada. Al final se dio la vuelta, revisó unas cuantas cosas de una carpeta y regresó.
-John Winston Lennon. –leyó en voz alta. – Veinticuatro años, ingresado a las 10:35pm, accidente automovilístico.
-¡Es él!-dejé salir en un susurro ahogado, y mis ojos comenzaron a lagrimear a la vez que sentía mi frecuencia cardíaca elevarse hasta los cielos.
-Lo siento, -mi estómago se contrajo de la impresión, por mi mente desfiló el peor de los desenlaces.–no podrás visitarlo. –aclaró. Un suspiro de alivio se escapó de mis labios. <<Al menos está con vida>> pensé. – Terapia intensiva. –Concluyó.- Si quieres puedes pasar por el pasillo, creo que hay algunas personas esperando.
-Gracias. –respondí sintiéndome un poco mejor. Me di la vuelta para comenzar a caminar, pero su voz me detuvo.
-Y Angela, -agregó. Me quedé paralizada, ¿Cómo sabía mi nombre?
-¿Si?
-De verdad espero que esto termine bien.
-Tu… -dije confundida, volviendo sobre mis pasos y observándola otra vez. -¿Me conoces? –ella asintió sonriendo. 
-Raina Lowrence. –se presentó. –Mi esposo te trajo al mundo.
Me costó unos segundos remontar mi mente tan atrás, pero cuando lo logré, no podía creerlo. Ahora encajaba. Su esposo había sido Rick Lowrence, un gran doctor. Él me había cuidado durante toda mi infancia en Londres –en lo que a salud se refiere- y le tenía mucho afecto. Incontables veces había ido de visita a su casa, puesto que la familia de mi padre era muy cercana. La señora que tenía delante no parecía ser la misma de aquel momento, supongo que el tiempo había dejado en ella su marca. Y entonces recordé algo más importante: la muerte de Rick se había producido tres o cuatro años atrás, en un choque de autos.
-Lo recuerdo.- dije al fin, dejando completamente de lado mi actitud molesta del principio. Intenté regalarle una especie de sonrisa, (porque estaba segura de que no me saldría una real).  – Será mejor que vaya, Ray. – terminé, utilizando el sobrenombre con el que la había bautizado de pequeña. Algo brilló en los ojos de la vieja enfermera. ¿Acaso una chispa de felicidad?
Me giré y encaminé mis pasos hacia la parte de terapia intensiva. Poco a poco las dudas volvieron a invadirme, acechándome cada vez más. Intentaba imaginar los rostros de los chicos al enterarse quién era realmente. ¿Me odiarían? ¿O podrían perdonarme? Pensé en John.
Básicamente era mi culpa. Si nunca hubiera velto con Paul, él no se hubiera desaparecido y el castaño jamás habría salido a buscarlo; por ende, el choque no existiría. Me permití tener un momento de autocompasión. Eran increíbles la cantidad de cosas que estaban pasándome. Todo había ido de mal en peor desde la muerte de mi madre. ¿Qué haría ella ahora, de estar con vida? De seguro me abrasaría y acariciaría el cabello, susurrándome al oído que las cosas iban a solucionarse.
Pero ella no estaba aquí, y no regresaría tampoco. Una lágrima resbaló por mi mejilla, y a ella le siguieron muchas más. En circustancias normales, haría todo el esfuerzo necesario para pararlas; no obstente, había perdido a Paul, y, posiblemente, también a John. Así que dejé a las gotas saladas escapar libremente. Con una mano me tapé la boca –un gesto que siempre hacía al llorar- y mis pasos se ralentizaron. Lo único que quería era que la tierra me tragase.
Levanté la vista y tube que enjuagar mis ojos para ser capaz de leer los carteles. Avancé unos cuantos pasillos más y me encontré frente a una puerta de vidrio grueso con una señal que resaba: “Terapia intensiva.”
La empujé suavemente y esta cedió al instante. Al otro lado me recibió con un pasillo largo y con muchas puertas. Las paredes, el piso y el techo eran blancos, y había varias personas con uniformes de hospial llendo de un lado al otro, con camillas y sin ellas.
Después mi mirada se posó en un pequeño grupo de chicas y chicos, sentados en unas sillas ancladas a la pared. Ahí estaba Brian Epstein, Ringo, Sofi, Bob y… ¿Candy? De repente recordé que también tenía llamadas perdidas de ella en mi celular, me fijé con cierta cautela y descubrí una de sus manos entrelazada con la del estadounidense. Eran pareja, me quedó claro al instante.
Me acerqué despacio hacia ellos, y en cuanto la castaña me reconoció, se abalanzó sobre mí envolviéndome en un fuerte abrazo. No me lo esperaba, y las lágrimas comenzaron a salir nuevamente.
-Espera. –le pedí, pero pareció no  escucharme. –Sofi… -comencé. Ella se separó un poco y me miró con sus ojos claros rojos e hinchados. -¿Cómo está? –su boca comenzó a temblar haciendo un puchero. Tragó una vez para calmarse.
-Los médicos están rebizándolo. –anunció. – no sabemos nada todavía. –Asentí con la cabeza. Una pequeña esperanza comenzó a crecer en mi interior. Las palabras “está vivo” se repetían constantemente en mi cerebro.  
-¿Y los demás? –curioseé.
-Bueno, Chio, George y Mary también iban en el auto. –confesó.
Mi corazón por poco se detiene. La culpa qe sentía por John se multiplicó por cuatro. Ni siquiera sabía que Marianne estaba aquí.
-¡¿Qué?!-pregunté pasmada. –Ellos…
-Están bien. –se apresuró a decir. Un peso se me quitó de encima. –Al menos en comparación con Johny. –Retrocedan, nada se me fue, el peso seguía allí.
-Define “bien”, por el amor de Dios. –rogué.
-George se ha fracturado una pierna, y Chio tiene unos cortes bastante feos, pero por lo demás están fuera de peligro. –Suspiré como por quinta vez en un rato, terminaría internada yo si la gente continuaba dándome estos sustos.-Debbie   está con Roger junto a su hermano, y Paul salió a buscar a Olivia. La familia de John viene en camino. –terminó de informar.
Paul. No sabía por qué, pero no se me había ocurrido que estaría por aquí. –Cosa completamente ilógica, debo aclarar.- no tenía idea de cómo me sentiría al observarlo, o él a mí. Era ovbio que no le agradaría encontrarse a la causante de todos sus problemas velando por su mejor amigo. Opté por dejarlo correr, necesitaba tener la mente en blanco.  
Sofi y yo volvimos con los demás, a quienes saludé. A penas sí me dieron bolilla. Sus rostros eran la viva pintura de la tristeza y la anciedad. Solo Candy intercambió algunas palabras conmigo, y me di cuenta de que yo tampoco estaba muy comunicativa que digamos.
Después de un tiempo, las puertas volvieron a abrirse. Por ellas pasaron dos personas. Un chico y una chica. Ella tenía el cabello castaño claro atado en un improvisado rodete y la cara cruzada por la pena. Él la sujetaba por la cintura con su cabello despeinado deformado por la lluvia.
Eran Olivia y Paul.
Ambos se acercaron a nosotros. Me puse nerviosa, no sabía qué hacer o qué decir. El muchacho se paró justo frente a mí, mientras su hermana se instalaba en otro asiento. Como si fuera a causa de una extraña fuerza de atracción, me levanté para quedar a su altura. Tanto sus ojos como los míos, estaban anegados en lágrimas. Las palabras no hiceron falta en ese momento.
Ante todo pronóstico, Paul me tomó fuerte de la cintura, me apegó contra él… y me besó.